OT

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Ilustración: Susóldene de Susón Aguilera

Susóldene mi shagento. Mandusté cómo prosedé.

Ya habían pasado casi
cuatro años desde su incorporación al cuerpo y aunque desde el primer momento había
tenido a sus órdenes al Cabo Ron no acababa de acostumbrarse a ese extraño
acento mezcla de la academia madrileña de Aranjuez y cantinela del sabroso sur
canario. El sargento Faro no lo escuchaba. Su mente vagaba por los
acontecimientos que varios años atrás hicieron que su vida diera un giro
radical. Se dejó llevar por el recuerdo y rememoró el episodio de la alerta sanitaria
que había salido desde la oficina de la Agencia Española de la Seguridad
Alimentaria y que afectó al pienso fabricado por GÜEWOS, una empresa muy
conocida. Aquella alerta dio lugar a uno de los fines de semana más caóticos que
jamás viviera y vaya si había vivido. Bendita acuicultura.

El arranque de rabia y
poderío que desplegó en aquel fin de semana se estudiaba en la actualidad en
las más prestigiosas escuelas de management. Era memorable, un caso que los
futuros líderes empresariales deglutían con fruición intentando desentrañar el
misterio de ese personaje que con tal poderío dejó claro a todo el mundo sus extraordinarias
dotes de mando y capacidad organizativa.

Después de uno años
impartiendo conferencias en las más reputadas universidades y organismos
internacionales como Harvard, Yale, Cambridge, Oxford… el Sargento Faro era
ahora agente especial y un miembro muy destacado de la benemérita. Ayudó, que
todo hay que decirlo y mucho, la irresistible oferta económica que le hizo la
Guardia Civil, ansiosa por incorporar talentos como el suyo, gente patria de
renombre internacional que suplieran la carencia de perfiles de mando tan
singulares, sobre todo viendo los nuevos valores que la academia estaba
proporcionando.

Fue asignado a una
unidad experimental especializada en delitos ambientales que debía colaborar
estrechamente con el SEPRONA. La primera de las unidades se iba a poner en
marcha en la región insular canaria. El sargento Faro, que conservaba una
añoranza por esa tierra sin parangón, no se lo pensó dos veces y acudió de
inmediato al reclamo que el comandante de esa región le hizo.

Un ruido a su lado, le
hizo volver en sí, se dio cuenta que se encontraba en el puesto de Mojones con
el cabo Ron y la guardia Jurado.

El ruido era en realidad
una maldición que, en forma de gruñido gutural, se escapaba de la persona que
tenía a su lado. Era el cabo Ron que explicaba a la guardia Jurado los tres
años continuados de sufrimientos por culpa de los robos que estaban esquilmando
parte de la producción acuícola de la zona.

Tres años que, por fin, estaban
a punto de acabar.

El cabo Ron era conocido
entre los miembros del cuerpo, no sin cierto recochineo, como “Cab Ron”. Muy
posiblemente tuviese una parte de culpa la mala baba que gastaba y el poco
aprecio que mostraba a sus compañeros de menor rango. Tal vez tuviera algo que
ver el hecho que debido a un problema con su frenillo tenía dificultades de
pronunciación que hacían que fuera incapaz de concatenar adecuadamente su rango
y su apellido. Aunque también se decía que su especial predilección por infravalorar
a las mujeres de cuerpo, como el caso de la guardia Jurado, habían hecho que se
ganase a pulso su apodo. Nada que no pasase en las mejores familias aunque
magnificado, en este caso, por las particularidades de la escalera del mando.

El cabo Ron y la
guardia Jurado estaban mirando al sargento Faro que justo despertaba de su ensimismamiento
y arqueando las cejas le hacían ver que estaban esperando a que se les dijera cómo
debían proceder.

Este particular Equipo
Especial enviado desde la Comandancia se encontraba dando apoyo a la Patrulla
de Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) de la Guardia Civil del
Puesto Principal de Mojones y acababa de detener a cinco personas por un supuesto
delito continuado de hurto, y de otra persona por un delito de receptación de
pescado, de la especie lubina, procedente de las jaulas marinas de acuicultura
situadas en la bahía de Mojones
”.
Cita textual del documento que el
Sargento Faro tenía entre sus manos y que por más que leía no acababa de
asimilar sin dejar de sentir un cierto dolor interior.

Estas detenciones
eran el resultado de la “Operación Tepescao” (OT en clave) que se había
iniciado como consecuencia de las denuncias continuadas realizadas por el
representante de la empresa de engorde, transformación, envasado y
comercialización de lubinas y que harto que los números no saliesen, había
llegado a la conclusión que en todo ello había mucho más que un efecto azaroso
de la producción, ya que tenía un Mac cojonudo. Sus sospechas continuadas
fueron adquiriendo cuerpo con el trasiego de cubetas, vehículos extraños, movimientos
de carretillas elevadoras a horas inusuales y por supuesto, la reducción del
estoc de cajas de embalaje y de las pegatinas con el membrete de la empresa.

El sargento Faro
miró al cabo Ron. El cabo sabía que en el mismo momento que el sargento ponía
los ojos sobre él era por algo que había hecho. No sabía bien qué, pero ese lince
no le dejaba pasar una.

-Cab R… Cabo, ¿Quién puso este nombre a la operación?

-Mizmamente un zervidor, mi shagento.

-Ya. Me lo temía, y… ¿quién lo transcribió en el oficio?

– Mizmamente un zervidor, mi shagento.

Miró a la guardia
Jurado, en quien tenía depositada mucha confianza.

¿Y Ud., Jurado? Nada qué decir.

-Nada mi sargento.

No pudo evitar que
se le escapase una sonrisa. Era conocedora de la pasión que el cab Ron tenía por un popular programa televisivo.

Volvió a centrarse
en el asunto que le requería. Tenía delante de él a un hombre satisfecho que lo
miraba con admiración. Era el representante de la empresa que había puesto la
denuncia y que le estaba diciendo:

Ya sé que han conseguido atrapar a esa
cuadrilla de malnacidos, pero no estoy del todo convencido. Mire, cuando leo la
copia del parte de operaciones de la noche pasada, hay algo que no me cuadra y
me preocupa.

El sargento Faro
puso cara de asombro y volvió a echar un ojo a la copia del parte de
operaciones que le había pasado el Cab Ron y la leyó con una mueca a modo de
sonrisa en la boca, se la sabía de memoria:

El dispositivo de vigilancia de la
Guardia Civil se desplegó el pasado día 23 de febrero en las inmediaciones del
muelle de Mojones y observó que, tras atracar el barco de la empresa y
descargar las lubinas en las cubetas, una persona, con su vehículo tipo furgón,
esperaba en las proximidades a que finalizara la operación de descarga,
procediéndose por parte de un trabajador de la empresa y con la ayuda de una
carretilla elevadora, a introducir en la parte trasera del vehículo una de las
cubetas citadas
”.

Era evidente que su
malestar era consecuencia directa de la constatación que empleados de la propia
empresa formasen parte del entramado. Quería saber quiénes eran. El Sargento le
respondió, con pesar, que era lo que desde el primer momento había creído y que
sí, que siempre es doloroso descubrir estas cosas. Y, no sin cierta mala
intención, le dejó caer el hecho sospechoso de que no hubiera llegado a darse
cuenta antes cuando lo estaban haciendo en frente suyo, usando sus propios camiones,
cajas y embalajes, hasta la propia distribución.

El responsable
desvió la mirada, dijo:

Cosas que pasan, ya sabe… la naturaleza
humana. Si yo le contase.

El sargento Faro
estaba deseando que lo hiciera ya que tenía evidencias firmes y constatables de
que toda esta trama no se había podido montar sin un cierto beneplácito de
determinados elementos pertenecientes a la empresa. Así de claro lo había apuntado
en las diligencias previas presentadas al Juzgado para que autorizase la
operación …en la trama estaban involucrados personal de la empresa, en
connivencia con otras dos personas ajenas, que aprovechaban los días de
despesque para desviar el pescado desde el recinto portuario al cauce irregular
en vehículos
.”

Mirando a los ojos
al representante de la empresa que tenía sentado delante de él le preguntó que
si no le extrañaba que siempre que se realizaba un despesque, en el momento en
que llegaba a puerto, fuese a la hora que fuese, el cuñado del patrón de la
embarcación y un familiar directo, a la sazón un conocido marinero de la zona
habitual de los calabozos de la comandancia por sus muchas furtivadas marinas,
estuviesen presentes con una furgoneta y una carretilla elevadora.

Este hecho
significativo se había constatado en la primera noche de vigilancia, cuando, a
escondidas, claro, preguntó al cab Ron:

¿Y esos?

-Ezoh, nah.

Nah, esto… nada, pero ¿es que no ves lo que
pasa?

Estaban siendo observadores de primera mano y
en directo de una trama organizada que, sin ningún tipo de miramiento ni temor,
se acercaba al barco con el pescado recién sacado de la jaula. Lo hacían con su
carretilla elevadora con la que cogían una de las cubetas como si tal cosa,
como trabajadores de la empresa. Ahora bien, en lugar de introducirlo en el
camión con el nombre de la empresa iba al “vehículo
tipo furgón
” que el cuñado tenía aparcado en paralelo.

Su sentido común le
decía que antes de echarles el guante debía ser capaz de desenmascarar la trama
completa, fue este el motivo por el que había pedido autorización al Juez para
que sus dos especialistas, el cabo Ron y la guardia Jurado siguieran a la
furgoneta e identificasen el cauce irregular.

Parte del malestar
que tenía y que había hecho llegar al representante de la empresa a través de
sus suspicacias era consecuencia del resultado de estas correrías nocturnas.
Era el resultado del informe que le habían proporcionado sus subordinados y que
utilizó para acreditar el delito ante el Juez:

Posteriormente, procedían a la venta
de dicha mercancía a una tercera persona que, sin ningún tipo de factura que
pudiese justificar su legal pertenencia, presuntamente las introducía y
comercializaba en diversas pescaderías de la capital
”.

-¿Quién era esa tercera persona, en qué pescaderías? Pero cabo, ¿cómo van a
tener papeles que lo justifiquen? Hombre de Dios que parece recién salido de la
academia.
Y Ud., guardia Jurado,
¿qué dice?

-Nada mi sargento.

“Shagento, que pogh la noshe tologato zon pardo”

Aunque reconocía la
poca fortaleza de las evidencias y había hecho un extraordinario esfuerzo por
comprender y asimilar lo sucedido en los últimos días, no se encontraba en
condiciones de explicar al responsable que tenía en frente por qué el Juez
había decidido dejar en la calle a los seis detenidos, aun y con la fuerza que
daba el presentarse cada uno de ellos con su correspondiente letrado.

A modo de
claudicación le entregó el documento para que lo firmase y diesen así por
concluidas las pesquisas. Le quiso preguntar pero no lo hizo:

 La cubeta y el pescado hurtado de la empresa
fueron devueltos a las instalaciones de la empresa afectada, situada en el
Polígono Industrial de Lurto, en el municipio de Mojones, procediendo además al
pesado de la mercancía, siendo un total de 114 kilogramos con un valor
económico de 1.026 euros
”.

Miró al Cab Ron y éste sintiéndose preguntado respondió
de inmediato:

-Shagento, que zon cojhas que pazan.

Desvió la vista hacia la guardia Jurado.

-Nada mi sargento.

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