Los análisis indicaron que había contaminación por hongos. Los resultados evidenciaban que la muerte fortuita de tantos alevines de peces, que justamente habían recibido alimento del lote contaminado, no podía ser cosa azarosa. Identificada la causa se produjo la retirada de todo el alimento perteneciente al mismo lote. Siguiendo con los procedimientos establecidos se procedió a identificar y aislar cautelarmente todo el alimento. Se levantó acta de cada uno de los pasos. Un procedimiento impecable. Sí, pero por el camino un reguero de bajas que, a día de hoy, día y medio después de los primeros síntomas, alcanzaba a más de cinco millones de alevines. La actuación ante la crisis, de manual. La respuesta en tiempo, de equipo profesional de Fórmula 1. La coordinación del personal, de protocolo de urgencias frente a un caso de extrema gravedad en un hospital. El asombro ante el resultado, mayúsculo.
-Bueno, ahora toca documentar todo esto para preparar un buen informe que nos ayude con el tema de la reclamación, ya sabes lo quisquillosos que son los del seguro.
-Tranquilo, nuestro sistema de trazabilidad es de una solidez tremenda. Algún día alguien inventará algo parecido y puede que hasta sea tan sólido como las paredes maestras de este edificio. Mientras, tenemos nuestros cuadernos.
El silencio que siguió a aquella frase tuvo la textura de esos silencios que preceden a las catástrofes de verdad, las que no salen en los informes.
-¿Cuadernos? -preguntó Marta, la responsable de calidad, con ese tono que usan las personas que empiezan a intuir que el día va a ser largo.
-Cuadernos -confirmó Ernesto, jefe de producción, con el orgullo de quien enseña una reliquia familiar-. Uno por tanque. Ahí apuntamos entradas, salidas, lotes, horas, temperaturas… todo. Desde el noventa y ocho.
-¿Y dónde están esos cuadernos ahora mismo?
Ernesto se quedó pensando, lo cual, en sí mismo, ya era mala señal.
-Pues… unos en la nave tres. Otros en mi despacho. Y creo que Fermín se llevó unos cuantos a su casa el año pasado para hacer no sé qué gráfica en Excel, y como se jubiló en marzo…
-¿Fermín tiene nuestros registros de trazabilidad en su casa?
-Los tenía. Ahora vive en Peñíscola. Me manda fotos de la playa.
Marta cerró los ojos como quien busca en su interior una reserva de paciencia que sabe, con certeza matemática, que no existe.
-Vale. Empecemos por lo que sí tenemos aquí. El lote contaminado, ¿en qué cuaderno está registrado?
-En el verde. O en el azul marino, que este año compramos dos remesas de cuadernos y a veces se mezclan porque Rosa, la de recepción, tiene su propio criterio de color según el humor del día.
-¿Su propio criterio de color según el humor del día?
-Rosa es muy metódica a su manera. Pregúntale a ella.
Rosa, avisada por el sistema de comunicación interna más eficaz de la empresa -alguien gritando su nombre por el pasillo-, apareció con un cuaderno bajo cada brazo y una expresión de quien ha sido convocada a un juicio sin saber de qué se la acusa.
-El lote 4471 tiene que estar en el cuaderno de los tanques siete a doce -dijo, hojeando con la seguridad de una notaria-. A ver… aquí hay una entrada del día 12, pero pone «alimento nuevo, huele raro» y luego hay un dibujo de un pez llorando.
-¿Un dibujo?
-Bueno, fue un turno de noche muy largo.
Marta anotó mentalmente, en el cuaderno invisible de su desesperación, que la prueba documental estrella de un sistema de trazabilidad «de una solidez tremenda» incluía, hasta el momento, una acuarela emocional de un pez con problemas existenciales.
-¿Hay alguna fecha exacta de cuándo se empezó a repartir ese lote? El seguro va a pedir horas, no días. Van a querer saber si hubo negligencia en el tiempo de reacción.
Ernesto y Rosa se miraron con la complicidad silenciosa de dos personas que comparten un secreto incómodo.
-Las horas las pone Ernesto de memoria al final del día -confesó Rosa-. Dice que tiene «buen pulso para el tiempo».
-¿Buen pulso para el tiempo?
-Como los que calculan la altura de un edificio a ojo -aclaró Ernesto, no del todo consciente de que aquello no ayudaba a su causa-. Nunca fallo por más de dos horas. Bueno, casi nunca.
-Ernesto, hemos perdido cinco millones de alevines. El margen de «casi nunca» ya no es un margen, es un abismo.
Fuera, en las oficinas centrales, alguien de la aseguradora ya estaba preparando una carpeta muy fina titulada «Documentación aportada por el cliente», con la intención, no del todo disimulada, de dejarla así de fina el mayor tiempo posible.
Y mientras tanto, en la sala de reuniones, Marta empezaba a comprender que la verdadera crisis no habían sido los hongos.
La verdadera crisis llevaba dieciocho años viviendo dentro de un armario metálico, encuadernada en espiral, y esperando pacientemente su turno para hundir a la empresa entera.
-Marta, ¿me estás escuchando? Te he preguntado si el seguro pide también las fichas de mantenimiento de los tanques.
Marta abrió los ojos. Llevaba treinta segundos mirando fijamente el dibujo del pez llorón como si esperara que el propio pez le explicara, con pelos y señales, la hora exacta en que había empezado la catástrofe.
-Perdona. Sí. Las fichas de mantenimiento. ¿También están en un cuaderno?
-No, esas están en un archivador -dijo Ernesto, con el tono de quien anuncia una mejora sustancial-. Uno azul. Bueno, era azul. Ahora es más bien… del color que coge un archivador después de veinte años cerca del filtro biológico.
-¿Verde?
-Un poco.
-¿Un poco verde o completamente verde?
-Depende de la balda.
Rosa, que seguía allí de pie sujetando sus dos cuadernos como quien sujeta pruebas de cargo contra sí misma, carraspeó.
-Yo creo que deberíamos empezar por lo urgente. El lote 4471. Si conseguimos reconstruir cuándo se repartió por primera vez, al menos tenemos un punto de partida.
-Eso es justo lo que llevo pidiendo diez minutos -dijo Marta, y por primera vez en toda la reunión sonó a directora de calidad y no a superviviente de naufragio.
-Vale, vale. -Rosa pasó páginas con dedos ágiles, entrenados en la vieja escuela del papel-. Aquí. Día 12. «Reparto lote 4471, tanques 7 a 12.»
-¿Hora?
-No pone hora. Pero al lado hay un símbolo.
-¿Qué símbolo?
Rosa giró el cuaderno para que todos lo vieran. Era un sol pequeño, dibujado a bolígrafo, con ocho rayos desiguales y una carita sonriente dentro.
-Eso significa que fue por la mañana -explicó Rosa, muy seria-. Si hubiera sido por la tarde habría dibujado una luna.
-¿Y si hubiera sido a mediodía?
-Entonces dibujo el sol y la luna juntos, pero no hay ninguno así en esta página, así que fue por la mañana. Temprano, diría yo, porque el sol tiene los rayos cortos. Cuando dibujo rayos largos es que ya llevaba unas horas de turno y estaba de mejor humor.
Marta se llevó la mano a la frente muy despacio, como si estuviera comprobando si tenía fiebre, cosa que, dado el cariz de la conversación, no habría sido del todo descabellado.
-Rosa. El seguro no va a aceptar un sol con la cara sonriente como prueba pericial de la hora de reparto.
-Pues es lo que hay. Yo no soy notaria, soy la de recepción.
-Exactamente ese es el problema -murmuró Marta, aunque nadie la oyó, porque justo en ese momento Ernesto había tenido una idea, y las ideas de Ernesto, a esas alturas de la reunión, ya generaban una alarma automática en el cuerpo de Marta, como una especie de sismógrafo interno de malas noticias.
-¡Espera! -exclamó Ernesto, chasqueando los dedos-. Fermín. Él llevaba el registro de temperaturas de esos tanques en su móvil. Con una app. Muy moderno el hombre, para ser de la vieja escuela.
-¿Fermín, el que está en Peñíscola?
-El mismo.
-¿Y tiene los datos ahí, en el móvil?
-Los tenía. Pero cambió de móvil en Reyes. Dijo que el nuevo iba mejor para las fotos de la playa.
Se hizo un silencio distinto al primero. Aquel había sido un silencio de sospecha. Este era un silencio de duelo.
-¿Hizo copia de seguridad? -preguntó Marta, con la voz de alguien que ya conoce la respuesta pero necesita oírla en voz alta para poder empezar el proceso de aceptación.
-Fermín decía que la nube era «cosa de la NASA» y que él no se fiaba.
Fuera, muy lejos de aquella sala, en un despacho con aire acondicionado y sin un solo dibujo de sol sonriente en ninguna parte, el perito de la aseguradora terminaba de escribir en su informe preliminar una frase que resumía, sin saberlo, todo lo que estaba pasando en la piscifactoría:
«Se solicita a la asegurada documentación adicional que permita establecer una cronología fiable de los hechos.»
Y mientras la carpeta seguía delgada, Marta pensó que quizá, después de todo, el verdadero seguro de aquella empresa no era la póliza.
Era la fe ciega de Ernesto en el poder de un sol dibujado a bolígrafo.
Qué buen relato, Sr. Khan!!
¡Vaya! Tremenda alegría que me das.