Alicia en el país de las lubinas

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Ilustración: Susón Aguilera (Sobran los adjetivos)

Dicen que un maestro no llega a consagrarse hasta que consigue que le plagien. Como homenaje a las Historias Acuícolas y a su autor y tras varios intentos infructuosos, he decidido escribir estas cuatro líneas, ya no inspirándome en la obra,  sino directamente clonando tanto la estilística como la temática. El lector podrá encontrar en “Alicia en el país de las lubinas” varias referencias a la obra del gran Aguilera, lo cual puede ser un complemento a su lectura.

Cristóbal, espero que no me lo tengas en cuenta si algún dia decides contratarme como “negro literario”…



Alicia en el país de las lubinas

(Una colaboración de Sito Padrós para Historias acuícolas)
Publicada el 06/08/2015

Alicia era una de esas mujeres todoterreno, de las muchas que existen
pero que pocas veces se habla de ellas. Curtida en mil y una historias
(acuícolas), a lo largo de sus casi cuarenta y tres años de camino por la vida
y más de veinte calzándose cada semana unas botas de agua del 41, Alicia se
había pateado medio mundo intentando explicar con más o menos éxito que los
peces, a poder ser, estaban mejor dentro del agua que fuera. Esta vez el
destino y cómo no, la promesa de un jugoso contrato de asesoramiento la habían
llevado a una granja marina de reciente creación.

Tras dos horas de vuelo y dos horas más de carreteras infames
(la acuicultura se caracteriza curiosamente por desarrollarse muchas veces en
donde Sanpitopato perdió las sandalias, es decir, inthemiddleofnowhere,
en versión anglosajona) llegó a las instalaciones de Drunkfish Inc., unos
barracones y dos caravanas rodeadas por una valla al final de lo que parecía un
antiguo pueblo de pescadores abandonado.  Las ventajosas condiciones
económicas que el gobierno regional había ofrecido hacía unos años para que se
instaurasen granjas marinas en esa zona (créditos del 70% a fondo perdido,
tsunami de subvenciones a costa de fondos europeos,  promesas de unas
infraestructuras logísticas y de comunicación dignas del mejor hub logístico
del mundo, tarjeta vip-black para agilizar cualquier trato administrativo….)
había atraído a la flor y nata de la economía especulativa y del dinero negro.

Alicia bajó del
todoterreno de alquiler y se dirigió a uno de los barracones en donde figuraba
un cartel formado por un portafolio de plástico en el que se intuía que decía
“oficinas”. Dentro del barracón, un par de mesas, dos estanterías para
archivadores, una trampa de insectos de esas que te los hacen a la brasa y un
hombre entrado en los cincuenta, con aspecto de estar deseando que acabase la
jornada laboral.

-Perdón, busco a
Atanasio. Habíamos quedado para esta tarde.

-Errrr, ¿Atanasio?
Espera, que hablo con él
. Dijo el hombre.

Bajo el ventilador, el
hombre tomó un walkie-talkie y dijo:

Charlie tres,
Charlie tres
 (con los nombre que hay, ¿por qué siempre cuando se habla
por radio la gente se pone de nombre “Charlie”?), ¿me copias?

Tras unos breves
segundos de espera y un zumbido, se escuchó:

Copiado Charlie
tres, aquí Atanasio.

-Errrr, Atanasio, que
aquí ha llegado una señorita que pide por ti, la señorita, errrrrr.

-Alicia, dígale que soy
Alicia.

-Eso, Alicia, dice que
te busca y que habíais quedado.

-Vale Charlie tres. Dile
que vaya para el embarcadero, que llegamos en cinco minutos.

Charlie tres (Alicia no
le pidió el nombre) le enseño el camino que llevaba al embarcadero y fijó de
nuevo los ojos en el Marca del día anterior.

Alicia llegó al
embarcadero. Bajó del coche el maletín hermético que era su oficina portátil y
se dispuso a esperar a que atracase el catamarán que ya enfilaba la entrada del
pequeño puerto. Era un catamarán que se diría muy nuevo si no fuera por la costra
de mugre y salitre que ya había empezado a acumular. En el barco, cinco
marineros de aspecto hosco la miraron con una cara como de extrañados. En otra
tesitura, Alicia se habría puesto la mano en el bolsillo del chaleco donde
lleva el espray de pimienta, pero esta vez no lo hizo. De la barca saltó un
hombre de unos cuarenta, con barba de tres días y de aspecto el menos hosco de
los cinco.

Menos mal. Se
dijo Alicia para sus adentros.

-Hola, soy Atanasio, el
responsable de producción. Tú debes ser Alicia ¿verdad?

Dijo Atanasio mientras
pasaba discretamente su mano sobre su camiseta para aliviase la mugre (la de la
mano, se entiende, que la de la camiseta venía ya de serie).

-Sí, soy Alicia,
encantada.
 Dijo ella mientras
le estrechaba la mano (no sin antes haber girado la mirada para no ver esa
mano).

-Venga, aun tenemos
tiempo de ir otra vez a las jaulas y mirar esos peces. Crisóstomo, coge las
cajas de la señorita y súbelas a bordo.

Crisóstomo, otro de los
cuatro barbudos de aspecto hosco del catamarán saltó al muelle casi a
regañadientes y sin dejar de mirar a Alicia, pasó las dos cajas a sus
compañeros y volvió a subir al barco. Ni tan siquiera amarraron. Con una
patada, Crisóstomo apartó la proa del barco lo suficiente para permitir el giro
y enfilar la salida del embarcadero. Las jaulas se divisaban en la distancia.
Una milla y media es lo que separaba el puerto de las jaulas.

-Me alegro que esté
aquí, Alicia. La situación empieza a ser desesperante. Tenemos ya a media
plantilla de baja y no vemos la luz.

-¿Media plantilla de
baja? ¿Pero el problema no eran los peces?

-Esstoooo…sí… y no (dijo Atanasio poniendo la mirada al
infinito) verá, es que no sabemos lo que pasa, pero desde hace unas
semanas los peces están teniendo un comportamiento muy extraño.

-¿Hay muchas bajas?
¿Tienen movimientos nerviosos? ¿Les salen ronchas?

-No exactamente, no sé
cómo explicarlo, ya sabe lo caprichosa que puede ser la lubina. A veces… es
como, es como si las lubinas hubieran dejado de ser lubinas.

-Y eso, ¿desde cuándo
pasa?

-Pues desde hace tres
semanas. A la gente ha empezado a no gustarle eso, ya sabe, la gente de mar es
supersticiosa… habla… y al cabo de unos días desaparece.

-¿En el mar? Dijo Alicia
alarmada.

-No, desaparecen a
Villafuentes de la Sinforosa, piden la baja y se van a por el pepino y los
calabacines, en donde los invernaderos y los plásticos, ¿sabe? Dicen que
prefieren los pesticidas a estos peces que hablan.

-¿Qué, queeeeeeeeeé?
Dijo Alicia poniendo ojos como platos.

-Bueno, sí… eso es lo
que corre por ahí. Los peces yo los veo bien, comen, están creciendo… pero los
trabajadores dicen que hablan.

-Vamos, vamos, ya sé que
esto es la típica broma-novatada que se hace… jajajaja… ha estado bien… pero
va, ahora en serio… ¿Cuál es el problema?

-Bien casi mejor que lo
vea usted misma, ya estamos llegando.

El catamarán llegó a la
granja. Cuatro unidades de veinte jaulas y un silo flotante de grandes
dimensiones. Si se tiene que hacer, se hace a lo grande. Desembarcan en el silo
flotante. Impresiona. Una joya de la ingeniería. Una sala de control donde se
distribuye de forma precisa el pienso necesario a cada jaula y en cada momento.
Atanasio le enseña los silos. Lo mejor de lo mejor. Utilizan la joya de la corona,
el Ultramax Ultimate, lo último en piensos de nueva generación. Pienso
ecológico, de altísima digestibilidad. Una delicia, oiga. Un olor
particularmente agradable y ligeramente dulzón de grasas no enranciadas y de
ingredientes de primera calidad. Si los peces no crecen con esto, no crecen con
nada. Atanasio le acerca seis bolsas con muestras del pienso.

-Mire, le hemos
preparado estas muestras para que se las lleve.

-Gracias, Atanasio. Lo
enviaremos al laboratorio mañana mismo.

-De nada. Si le parece,
iremos a echar un vistazo a las jaulas.

-Perfecto, adelante.

Volvieron a subir al
catamarán y se plantaron en la D17. Amarraron el barco y Crisóstomo bajo las
cajas con el material a una pequeña plataforma de operaciones. Alicia bajó a la
plataforma.

-¿Aviso a los buzos para
que le suban peces?
 Preguntó Atanasio.

-De momento no, déjame
por favor 20 minutos, que tomaré las muestras de agua de superficie y
profundidad.

-Perfecto, entonces
vamos revisando la sección. Ah, y volvemos en un periquete.

-Genial, hasta ahora
pues.

Desamarraron y se
alejaron mientras Alicia abría las cajas y descargaba las sondas, las botellas
de muestreo, los botes de muestras, el secchi…

Una vez tuvo todo el
instrumental preparado, Alicia miró hacia la sección A de las jaulas para ver
si volvía el catamarán, pero para su sorpresa, vio que el catamarán ponía proa
no hacia ella sino hacia tierra.

-Vaya, deben haberse
olvidado algo… Es igual, tomaré las muestras y esperaré a que vuelvan.

Alicia se tomó su tiempo
para recoger los datos del agua y las muestras. Lo empaquetó cuidadosamente
como siempre hacía y lo puso ya dentro de las jaulas. Miró de nuevo hacia
tierra buscando el catamarán. Nada. No se veía nada.

-Por favor, que falta de
seriedad… Como que puedo estar aquí esperando tranquilamente. Suerte que al
menos el mar está en calma.

El pié izquierdo de
Alicia empezó a moverse agitadamente. Solía pasarle cuando la mosca se le subía
a la nariz. Pasó media hora. El cabreo empezaba a ser importante. Alicia sacó
su Smartphone.

-¡Mierda, no hay
cobertura!

El sol empezaba a bajar
y Alicia empezaba a soltar improperios de todo tipo. La temperatura no era
mala, pero esos escasos tres metros cuadrados de la plataforma de operaciones
empezaban a ser escasos.

-¡Me van a oír, vaya si
me van a oír!
 Refunfuñó de nuevo

Las ocho y media, el sol
ya claramente en el horizonte. Sin noticias del catamarán.

Alicia tenía la manía de
que cuando se ponía nerviosa, necesitaba imperiosamente comer quicos. Sí,
siempre llevaba en su maleta medio kilo de quicos tostados para una emergencia,
pero esta vez se los había dejado en el coche. Demasiada ansiedad y ella sin su
medicación…Vio las bolsas con el pienso. Su amigo Adolfo, de la casa de
piensos, le había dicho que ese pienso era incluso mejor que los ingredientes
que se daban para las barritas dietéticas, que los de calidad le habían dicho
que hasta era mejor que los danacoles.

Los primeros gránulos
sabían extraños. El olor era bueno, pero había algo además agradable. Al los
primeros les siguieron unos cuantos más. El tacto entre los dientes era
aceptablemente parecido a los quicos y el sabor, ligeramente saladito era
agradable. Por suerte llevaba una botella de agua entera. La sed no sería
problema. Cayeron las dos bolsas de gránulos del 3,5 y del 4. Como si nada.
Casi sin darse cuenta, prácticamente solo quedaba luz crepuscular. Miró de
nuevo hacia tierra. Tampoco sin noticias del catamarán. Sin cobertura.

Alicia creía que
entraría en pánico, a pesar de estar curtida en tantas historias (acuícolas),
pero esta vez tuvo una agradable sensación de autocontrol. Se sentó en una de
las cajas, cuando escuchó:

-¡Hola!

Alicia se giró. Pensó
que el catamarán había llegado desde el otro lado sin darse cuenta ella, pero
no… no había nada ni nadie.

-¡Hola!

Volvió a escuchar. Se
giró, miró y siguió sin ver nada.

-¡Hola, estamos aquí!

Alicia siguió la voz y
para su incredulidad vio cientos, miles de lubinas asomando la cabecita en la
superficie del tanque.

Hola, ¿Qué haces? Dijeron
las lubinas

Alicia no podía dar
crédito a lo que veía. ¡Lubinas hablándole! No, no podía ser… Sí, sabía que el
cuento de Policarpito y la jofaina maravillosa habían hecho estragos en su
infancia, pero no podía ser… Pero era. Nítidamente podía ver como esas lubinas
articulaban una bienvenida en un correctísimo español. Se resistió, pero Alicia
acabó respondiendo.

-Ho… hola lubinas… ¿Co,
co-cómo estáis?

Y fue así como Alicia
empezó la más asombrosa de las conversaciones que nunca ningún acuicultor ha
tenido con peces. Ella, solamente ella, tenía el privilegio de ahondar en el
corazón de un pez. Solo ella podía tener acceso a lo que pensaban y sentían.
Una larga y deliciosa velada le esperaría. Pero eso, amigos míos, eso ya será
otra historia (acuícola).

Sonó el teléfono de
Adolfo, el amigo de Alicia.

-¡¡¡Adolfo, por dios!!!
¡¡¡Esto es una crisis!!!

Era la voz de José
Antonio, el responsable de producción de la empresa Munch, la líder de
producción de piensos para peces y productora del Ultramax Ultimate.

José Antonio ¿Te has
vuelto loco? ¿Sabes qué horas son estas?

-Lo sé, pero no te lo
creerás… ¿Sabes la última remesa de aceite de cáñamo, la de Indrex?

-Sí, claro, fue todo un
acierto del departamento de I+D.

-Pues tenemos a toda la
guardia civil del país metidos en la fábrica precintándolo todo y metiendo a la
gente en los coches patrulla. ¡¡¡¡¡Nos acusan de tener el alijo de resina de
cannabis más grande de toda Europa!!!!! Adolfo, por dios, ¡haz algo! ¿Adolfo?
¿Adolfo? ¡¡¡Adolfoooooo, responde!!!

-Tuuut, tuuut, tuuut…

El autor

Veamos si con este cuarteto

describo a este sujeto

de fácil trato y mucha dicha

también hombre de chicha.

Ilustre y ducha persona

nacida allá por Girona

su origen y prócer pescatero

no me lo dejo en el tintero.

Y a pesar de su indumentaria

estudió en la UAB veterinaria

y se labró un cierto prestigio

apenas un vago vestigio.

Imposible describir con versos

lo que abarcan sus universos

aunque lo importante con creces

es que es “médico de peces”.




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