Conversión y apostolado (Episodio 08)

Descarga

Hay personas que tienen esa aura mística que hace que los demás los sigan como los borregos siguen al pastor. Personas que son capaces de influir mágicamente a semejanza del efecto que causaba el sonido del flautista engatusando animalejos. Personas que son capaces de llevar a la manada más allá de todo acto reflexivo porque la confianza que generan es un auto de fe que provoca una devoción que anula los sentidos.

Este fenómeno es el que causaba «el Gallego» entre el equipo y que se hizo evidente apenas dos días después de su llegada. Tan tremenda fue su devota presencia que, sin que fuera necesario, decidieron asignarle el mejor cuarto de la residencia alquilada con el fin de mantener cohesionado a un equipo un tanto disfuncional y procedente de los muy diversos pueblos que constituyen este vasto país que, aunque todos mexicanos, es en sí casi un continente y no es fácil entender la magnificente diferencia cultural y social que existe.

La vivienda, lo mejorcito que encontramos en el pueblo, era un lujosísimo antro calificado como residencia particular unifamiliar perteneciente a ese 5% de soluciones habitacionales que cuentan con cuatro dormitorios, además de un amplio salón multiusos y variado en cuanto a su composición de enseres, diversos e inservibles en su mayoría, pero muy prácticos para casi nada. Como un cuarteto de sillas mancadas, una mesa con ortopedia en dos de sus patas, un armario consola que una vez tuvo puertas y que ahora presenta el aspecto de un jovenzuelo cambiando la dentición, así como un sinfín de elementos decorativos de una autenticidad dudosa, de procedencia diversa, variada y poco ortodoxa, inequívocamente publicitaria y de valor insignificante.

La cocina estaba completa, tenía lo que hay que tener, es decir casi nada, pero sí que estaba a rebosar de cacharros y recipientes que contenían deliciosas maravillas culinarias, tantas que era el lugar más visitado y vivido de la casa y del que era casi posible escapar por el efecto embriagador de los olores. Mezcla de mezclas y elixires. Un antro de perdición de los sentidos donde una vez dentro funcionaba como un agujero negro que no dejaba escapar a los glotones.

No podía faltar un baño con una regadera que regalaba cuatro puntos alternos y aleatorios para la salida del agua y así contribuir a una limpieza equilibrada y bien distribuida por el cuerpo, aunque saber el punto exacto en el que eso iba a suceder era como si el boleto de la lotería, que no habías adquirido, te hubiera tocado, y con el premio extra la regulación de la temperatura del agua, arbitraria en toda su extensión. Un sanitario, insano hasta que se limpió y esterilizó adecuadamente con cuatro toneladas de cloro industrial, era el elemento necesario para que cualquier eventualidad fisiológica quedara completada y cubierta.

Disponía de cuatro habitaciones, todas compartidas, algunas en un estado limítrofe con la salubridad. Algunas, las más concurridas proponían una desleal competencia con los olores procedentes de la cocina, pero en este caso como efecto de la expresión corporal natural. Aquí el efecto era el inverso y ejercía una fuerza centrífuga contraria al centripetismo del altar mayor erigido en santuario que era la cocina.

Al Gallego le asignaron el mejor habitáculo. «Gallego, esta es la tuya». Su habitación disponía de un amplio espacio de dos por tres metros, con una cama de uso múltiple y variado. Las sábanas, nuevas por imposición del protocolo, parecían haber sido usadas, aunque nadie asumió la responsabilidad y tal vez, es que en realidad no fueran nuevas de trinca, sino que se decidió, como se deciden las cosas en las sociedades complejas y sin fundamento democrático, en este caso por eso de la sostenibilidad planetaria, dar un segundo uso a algo ya muy usado, pero todavía utilizable. El Gallego así lo entendió y hasta agradeció el detalle. Justo lo que los acólitos necesitaban para convertirse en apóstoles.

A partir de ese momento nada fue igual. El gallego ya había conquistado los corazones de todo el equipo, y todo lo demás pasó a ser secundario. Acababa de darse forma a la nueva república de investigadores acuícolas independientes.

Las llamadas al más allá, el ente superior que se suponía dirigía el asunto, fueron espaciándose en el tiempo, hasta tal punto que pasó a ser a la inversa. Los del más allá empezamos a llamar para saber algo, ansiosos y necesitados, desprovistos del sentido de ser algo a considerar.

Tampoco debemos engañarlos. El hecho de sentirnos perfectamente representados y de haber dejado al equipo en las manos del mejor experto internacional nos hacía sentir seguros y cómodos, ya que apenas nos molestaban. Aunque no podíamos dejar de sentir una cierta envidia y hasta celos por la habilidad demostrada por el Gallego. Ilusos de nosotros, no es que fuera así, es que ya no nos necesitaban.

Pasados los días de aclimatación, uno en realidad, el Gallego nos dijo un tanto abrumado y con cierto aire de vergüenza, que todo había sido tan rápido, su selección, la aceptación del reto, la preparación y el viaje que había tenido que dejar a su novia en la estacada a unos cuantos miles de kilómetros, pero que eso no era nada y que tenía previsto llegar al día siguiente para pasar el fin de semana con él.

Echa la consulta, nos ignoraron. «¡Pero, por Dios! No te preocupes que te vamos a dejar la casa como un pincel para que recibas a tu novia”. Fue la reacción unánime y consensuada del equipo.

Y se dedicaron en cuerpo y alma, como jamás antes vimos, a que eso fuera así. Y vaya que si lo consiguieron. El fin de semana debió ser apoteósico, porque el Gallego llegó el lunes al laboratorio con una ilusión y unas ganas, que daban ganas de llorar de alegría.

El amor era recíproco y la cohesión del equipo auguraba éxitos inimaginables apenas una semana antes. Pero nada es en esta vida lo que parece.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *