El origen de la vida (Episodio 06)

Botete Clara

Alexandr Oparin no paró de preguntarse por el origen de la vida, hasta tal punto que creó una escuela de seguidores que, estimulados por sus ideas, continuaron investigando para intentar responder a esta pregunta esencial, que entraña uno de los grandes desafíos de las ciencias naturales. Oparin fue nombrado Doctor Honoris causa por la Universidad Autónoma de México (UNAM).

La Pinza Mexicana 01
Ilustración: Clara Holgado

No es de extrañar que esta corriente arraigara fuerte en México y que muchos investigadores mamasen en su formación de estos conceptos y al acabar su formación académica y empezar su vida profesional no pararan de preguntarse compulsivamente ¿Qué es la vida? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo han surgido los seres vivos que nos rodean? ¿Por qué el botete es tan complicado?

Esta última no era una pregunta baladí, ya que desde un punto de vista opariniano disponíamos de los elementos esenciales para que el cultivo del botete fuera un éxito. Agua, nutrientes, sol, gases (de variado tipo) y hasta relámpagos y rayos, últimamente muy abundantes y que, al parecer, eran esenciales para activar ese caldo primigenio.

Pero es que, pasadas las primeras puestas espontáneas, no éramos capaces de inducir un nuevo desove y aun menos sincronizar a los reproductores, que mostraban claros indicios de que nada de esto iba con ellos. La euforia con la que se había recibido al mero, mero, empezaba a desvanecerse e iniciábamos el tránsito por un espacio de desconfianza próximo al desconsuelo, ya que la temporada estaba tocando a su fin y en breve estaba prevista la marcha. Las miradas, aunque todavía no de desaprobación, sí que empezaban a ser discretamente socarronas. No es para menos, estaba en entredicho la continuidad del proyecto y la suya.

La formación académica recibida no les permitía asumir la teoría de la generación espontánea, como así había pasado en un primer momento, o bueno, casi, y esto era algo que no juagaba a nuestro favor, es lo que tiene la impronta de Oparin.

¡Malditos descreídos¡ Dijimos para nuestros adentros, sin que ni siquiera se nos moviera una pestaña.

El material facilitado por nuestra amiga veterinaria nos ayudó en la aproximación al milagro. Todo estaba preparado para el gran acontecimiento, que no era otro que realizar una biopsia a las hembras para ver si habían avanzado en su maduración. Los machos ya estaban a punto, que así lo observamos al masajear suavemente su aparato reproductor y ver brotar el elixir de la vida en forma de sustancia blanquecina. Nos faltaba el rayo o el relámpago. ¡Ay, amigos! Cómo si no supiéramos controlar a la naturaleza.

Un corro de personas se formó alrededor de nuestro experto en la mesa habilitada al lado del tanque donde estaban los reproductores. Pidió pescar a la primera hembra, una botete preciosa que había dado muestras de querer intimar. La depositamos, con todo el cariño del mundo, en la suspensión de agua de mar atemperada junto con una leve dosis de anestésico para adormilarla y que no se exaltase en exceso.

¡Esto es muy importante! dijo el mero. ¡Ah! respondieron.

Suavemente la situó en la mesa de trabajo que estaba cubierta con un paño de cocina, de esos que son blanditos y que da gusto tocarlos, y con manos de prestidigitador la giró en busca del gonoporo. Acto seguido, previo revoloteo de los dedos al aire, tocó el abdomen del animal y ligeramente presionó con dos dedos en dirección de la salida. Nada.

¡Veis! dijo el mero. ¡Sí! respondieron. ¡No vemos nada! apostillaron.

No se dio por enterado, su nivel de concentración era extremo y la expectación generada aumentaba hasta casi poderse cortar con un cuchillo. ¡Este! dijo uno de los técnicos mostrando un machete de dimensiones elefantinas. ¡No, hombre! ¿Pero cómo puede saber lo que estoy escribiendo?

Mientras sujetaba al pez con la mano izquierda, estiró la derecha para hacerse con la cánula, la observó y se la llevó a la boca por un extremo, el más grueso, donde habitualmente de coloca la jeringuilla. Sopló levemente con la punta del otro extremo apuntando a su cara. Sintió el chorro de aire golpear su mejilla y asintió con la cabeza. Todos miraban embelesados.

Giró levemente el pez para poder ver con claridad e introdujo con la precisión de un neurocirujano la cánula girándola levemente hasta llegar a la altura del ovario, no más de cinco centímetros. Aspiró moviendo los labios como si se relamiera y se empezó a ver un fluido semitransparente avanzar por la cánula. Cuando contaba con un par de centímetros, la extrajo con la misma precisión con la que la introdujo. Mientras depositaba el flujo extraído en una placa para su análisis, indicó a uno de los técnicos que se hiciera cargo de la botete y la reanimase en un cubo con agua fresca preparado a tal fil. Al ir a cogerla, dio un tremendo bote, cayó al suelo y se infló como un globo, que de hecho es lo que era, y empezó a botar por el suelo como una pelota mal inflada.

¡Pero hombre de Dios! ¡Hay que estar a lo que se está! dijo el mero. ¡Es que…! balbuceó el técnico avergonzado.

Con la agilidad de una gacela acosada, una de las técnicas se lanzó a recuperar a la pobre botete y la recogió en el aire, tras su segundo o tercer bote. Una vez en el agua fresca se recuperó satisfactoriamente.

Aun y con el desconcierto generado, se centró en la observación del estado de los ovocitos al microscopio y diagnosticó que estaba en la etapa perfecta para inducir la puesta.

¿Cuánto pesa? preguntó el mero. ¡Bastante! respondió uno de los técnicos.

¡Pero hombre de Dios! ¡Hay que estar a lo que se está! dijo el mero. ¡Ah, ésta dos kilos y trescientos gramos! dijo apesadumbrado. ¿Tenéis la dosis a punto? de nuevo pregunta el mero.

Silencio. Se miran entre ellos. Cada uno señala a la otra y cada otra señala al uno. ¿Dosis? preguntan.

A su lado había una bandeja con las jeringuillas llenas de la hormona de inducción, cada jeringuilla estaba indicada que era para dos kilos. Pero, ¿dos kilos trescientos gramos?.

El mero estiró la mano y urgió a que le diesen una de las jeringuillas de dos kilos, se agacho en el tanque donde la botete se recuperaba y la asió con dulzura sin sacarla del agua. Sobre su vientre inyectó la sustancia. Pidió otra jeringuilla y ajustó hasta el volumen equivalente a los gramos que faltaban, y repitió el proceso.

¿Puedo probar? preguntó uno de los técnicos. ¡Claro! dijo el mero, pero ojo con los botes.

Mientras la primera botete se recuperaba en el tanque comunal, la esperanza de nuevas vidas empezaba a tomar forma y de nuevo un botete botaba en el suelo como una pelota mal desinflada.

¡Esto hay que arreglarlo, necesitamos urgentemente a alguien que ponga orden y cordura! dijo el mero.

1685712755343

Clara Holgado, es una entusiasta diseñadora gráfica con múltiples inquietudes. Desde su infancia ha experimentado un profundo interés y conexión con el mundo de la creatividad. El diseño es su pasión, y ha dedicado innumerables horas a explorar todas las posibilidades que ofrece, infinitas según ella. No podía ser menos y su ilustración es un ejemplo de ese mundo interior creativo que sintetiza y explota con un arte infinito, para este episodio de Mexican tales «El origen de la vida».

Pueden verse otros proyectos e información de Clara en su Instagram @clho.design, os animo a echar un ojo. Es fascinante.

2 comentarios en “El origen de la vida (Episodio 06)

  1. Y al parecer, si lo quieren cultivar, lo comen en México.
    He aprendido un nombre nuevo: Botete.
    Espero que lo hayan podido criar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *