El lenguaje científico que no es técnico

En este último año y pico hemos sido capaces de darnos cuenta que la pantalla de nuestro dispositivo preferido tiene un innegable efecto de atracción. Es una atracción cautivadora que va en dos direcciones.

La primera fuerza actúa de fuera a dentro, actualmente es arrolladora y hace que no podamos evitar la riada (tsunami) informativa que nos obliga a desarrollar un viejo sentido tal vez en desuso, el de la constante capacidad de asimilar cosas. Este sentido es infinito pero limitado (¿contradicción?), y aunque haya quien crea que nuestro cerebro es un ejemplo inalcanzable de complejidad, no lo es de encaje. No sé si lo más adecuado es definir esto como espacio físico, pero físicamente a mí ya no me cabe nada más, y he aprendido a desechar ingentes megas (neuronas) de información. Lo más curioso es que no desecho lo que quisiera, o mejor dicho lo que no quisiera tener almacenado, simplemente es mi alter ego inconsciente el que hace por mí esa labor. No puedo juzgarlo ya que sería un acto irreflexivo contra mí mismo.

La segunda fuerza es la que empuja a la inversa, de dentro a fuera. Emerge en contraposición a todo aquello que recibimos y viene a ser la respuesta que damos para que los demás (ese ente abstracto e indefinido que conforma lo que hay detrás de la pantalla) sepan que los escuchamos, leemos, vemos e incluso las tres cosas al mismo tiempo, y que no bastando con eso generamos contenido que alimenta a la fuerza contraria. Curiosamente es ansiosa y perturbadora, haciendo que se genere un estado de presunción de la importancia totalmente ajeno a la realidad.

Los gestores de los fondos y los expertos que evalúan los proyectos científicos en los que de una forma u otra participamos, nos exigen que seamos creativos, que expliquemos lo que hacemos de una forma cautivadora y emotiva, que emocionemos a la «audiencia», que ya no es la que solía, sino que ahora es amorfa y ameboide, ha perdido la rigidez de antaño y se muestra diabólicamente fluida, líquida que dicen los expertos.

Así que nos hemos vuelto, sin quererlo, sin saberlo, sin desearlo y sin ser consciente de ello youtubers, influencers, tiktokers, instagramers y más que me dejo. Nos dicen que debemos ser prescriptores pero empiezo a ver que hay una innegable pérdida del sentido y valor de las palabras. Tanto que no creo que en estos momentos «una imagen valga más que mil palabras», hay demasiadas imágenes. El equilibrio está en entender ambos mundos y sintetizarlos de manera que encajen. Dejo un ejemplo, la presentación del Proyecto NewTechAqua.

Igual hasta me estoy contradiciendo, pero ya lo he dicho anteriormente, no soy realmente yo quien decide qué es lo que debo retener o no, y parece que ese efecto tiene su propio libre albedrío.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.