Mon ami Jean Marc

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Ilustración: The quiet man Susón Aguilera

Estaba preparando una conferencia sobre el mundo de la acuicultura para
gente normal. Gente como mi madre. De acuerdo, es cierto que ella es una
experta pero haremos como si no. Quería ilustrar las diversas prácticas de esta
actividad con vídeos muy didácticos y no había manera de encontrar uno que me
gustase sobre el cultivo de las almejas. Sí, esas que me han acompañado en
innumerables viajes de avión. Andaba enredando en la web, mirando de aquí para
allá en YouTube, husmeando entre papers (bueno, no tanto) y
diversas presentaciones y me acordé de mi amigo Álex. Un verdadero experto del
negocio. Hombre muy viajado y conocedor de casi todo lo que el mundo de los
cultivos de bivalvos existe. Sin problema, me dijo, hace poco que acabamos de
rodar un vídeo genial. Me pasó el enlace. Ajá, esto era lo que yo buscaba. Un
exitazo. Un betseller que incorporé en mis conferencias y que
dejaba maravillados a los asistentes. Los protagonistas desplegaban un tremendo
alarde de  profesionalidad en apenas cinco minutos. ¡Qué nivelazo!
Era en una zona de Normandía. Ya, Chausey. Eso, Les Iles Chausey.

Francia tiene 64 millones de habitantes. El 53% de la población francesa
son mujeres por lo que nos quedan unos 30 millones de hombres. Que son los que
consideraremos debido a la heterosexualidad de la protagonista de esta
historia, mi prima.

Según la pirámide de población de este país el 9.3% de los hombres, dentro
del rango de edad que utilizaremos, con un más menos 15% de desviación y que
obviamente ocultaremos por ser un dato del todo irrelevante ya que podría hacer
que las relaciones familiares entrasen en un punto no deseado, tienen una
potencialidad en cuanto a poder ser emparejada.

Más o menos unos 2.8 millones de hombres.

Aunque la tasa de emparejamientos ha bajado de una forma espectacular se
estima que para esa franja de edad (ejem, irrelevante del todo en este
contexto) es del orden de un 53%, lo que hace que queden 1.3 millones de
hombres disponibles.

Hagamos un alto en la interesantísima demografía francesa y volvamos a la
acuicultura.

Los acuicultores franceses representan apenas el 0.02% de la población
total del país, que no es ni mucho ni poco, pero sí que es relevante para el
proceso que a continuación se relata.

En Europa hay unos 70.000 empleados adscritos a esta actividad y alrededor
de 45.000 se dedican a la producción de bivalvos. 15.000 de estos profesionales
trabajan en las 3.300 empresas censadas en Francia.

Puesto que el 80% de los empleados en la práctica son varones nos quedan
unos 12.000. El 9.3% de éstos está en la franja apta (uy, en la que me estoy
metiendo que ya dijimos que carecía de relevancia), o sea unos 1.116 y
posiblemente el 47%, según las estadísticas, podrían estar disponibles y
conformar el epicentro de este análisis, esto es 524. Aunque salen decimales lo
he redondeado ya que por ahora no consideramos esta ocupación a tiempo parcial,
la de pareja digo, que seguro que la hay pero no he sido capaz de encontrar
estos datos. Tal vez los de infidelidad sí, pero son poco fiables y el
berenjenal en el que nos meteríamos sería tal que se perdería la rigurosidad de
este análisis socio-demográfico. Que no les voy a hacer el trabajo a los de
Durex.

Decíamos pues que nos quedan unos escasos 524 varones. Es decir un 0,039%
de la población francesa de hombres de rango de edad y disposición favorable
que por las circunstancias que sean decidieron que vivirían de la práctica
acuícola.

No me digan que no está emocionante. Esto empieza a parecer un imposible.

Considerando Francia como una unidad en la que los habitantes circulan de
un lado a otro libremente y que la probabilidad de encuentro es aleatoria y
total dentro de los 36.571 municipios, sin tener en cuenta las regiones de
ultramar que por razones obvias complican en exceso lo que sea que es esto y
aunque deberíamos considerar este factor, pues no lo vamos a hacer, que no todo
va a ser números.

Total son sólo 114 comunas.

Me he perdido y ya no sé cómo salir de este embrollo así que
recapitularemos. Mi prima es un ente libre que vive en uno de esos 36.571
municipios y tiene libertad total para desplazarse entre ellos, por lo que la
probabilidad de ir a parar a uno en concreto es de 1 entre 36.571, claro.
Descartaremos los desplazamientos del rango kilométrico próximo ya que no viene
a cuento y sobre todo porque la frecuencia de encuentros con acuicultores está
mermada por su ausencia. Que ya me veía yo a los lectores poniendo pegas.
Venga, caña para los frikis: 0,00273%.

De perdidos al río, mejor al mar.

Que mi prima, lo dicho, ente libre donde los haya y con capacidad
pululadora total, fuese a uno de esos municipios y que en ese municipio hubiese
un hombre de su franja de edad (¡ejem!) y que estuviese libre y disponible
(¡ejem y ejem!) y que se dedicase a la acuicultura (¿a qué?) y que además se
enamorasen (cha-chán) era una quimera.

Bueno no, en realidad era una posibilidad que venía marcada por un número,
el 1.1×10-8 (0,000000011).

Desde un punto de vista cuántico probablemente es una nimiedad, pero para
mí que casi que no existía. La posibilidad, digo. Que quiero decir que es
muchísimo lo poquísimo que es ¿o al revés? Bueno que sólo pasa en los análisis
de modelos atómicos y en las películas…, de amor…, ah, y francesas.

Pero estaban en Francia y ese día Plank, Bohr, Heisenberg y el resto de sus
colegas decidieron relajarse. Mi prima acabó veraneando en ese municipio,
llamémosle el “0,000273”, donde se dio la circunstancia que vivía uno de esos
acuicultores que podía incluirse en su rango de edad (ay, ay y ay), que además
estaba libre y disponible, vamos el “0,039” y surgió el amor, que diría el
maestro Sabina. Como esta circunstancia, la del amor digo, es sí o no lo
dejaremos en el 50%.

De esta conjunción de amores imposibles se produjo la mágica probabilidad
del 0,000000011, esa que venía determinada por la posibilidad de que cada uno
de los posibles resultados en un suceso que depende del azar sea el que
finalmente se dé, se dio. Mi prima se casó con un acuicultor que no podía ser
otro que 0,039.

Porque el mundo es un miserable pañuelo y el amor lo puede todo.

Hacía tiempo que deseaba darme una vuelta por la Bretaña y la Normandía.
Gracias al criterio, siempre acertado, de mi mujer que liderando un proceso de
búsqueda profundo y profesional lo estructuró de tal manera que, con la excusa,
acabamos visitando a mi prima y así, como por arte de magia, aparecimos en su
casa. Vivía muy feliz y tranquila en el municipio 0,000273 con su hombre 0,039.
Yo no conocía a su compañero aunque sí que sabía que se dedicaba a esto de la
acuicultura. Otra buena excusa para conocerlo. Mi prima también era conocedora
de mi trabajo aunque nunca fue capaz de explicar exactamente a 0,039 a qué me
dedicaba. He de decir que yo tampoco lo sé con exactitud.

Buen vino, una copa de champán y una comida genial y relajada. Como estaba
predestinado se fueron dando todas y cada una de las circunstancias para que
acabásemos hablando de lo nuestro, de la acuicultura, del cultivo de bivalvos y
en especial de las almejas. Me explicó con exactitud su dedicación, la
complejidad de las mareas de la zona y de la esclavitud y al tiempo el regalo
que la naturaleza les hacía. Que especialmente en la parte de Chausey se dan
unas circunstancias…

Me apareció de golpe la imagen de los “almejeros” trabajando en el vídeo
que un par de años atrás mi colega Álex me había pasado y como quien no quiere
la cosa le dije, asintiendo, que sí que es verdad y que yo suelo usar un vídeo
muy chulo que explica precisamente esa actividad, que me lo pasó un amigo que
trabaja para una empresa que a lo mejor conocía. ¿Cómo?, preguntó sorprendido,
pues claro que sí. ¿Lo tienes? Lo tengo, dije. Abrimos mi ordenador portátil,
rebusqué entre mis archivos, encontré el enlace y clicamos.

Uno de los protagonistas principales y que aparecía
desde el primer momento trajinando con las almejas en ese paraíso era 0,039.
Habían rodado ese video unos años atrás y nunca lo había visto. Era mon ami
Jean Marc.






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