A contar “rotíceros” (The director’s cut)

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Ilustración: The big one Susón Aguilera

Me duele confesarles queridos lectores que en esta última historia han sido
engañados
, por mucho
que se empeñen en hacer uso de la palabra responsabilidad y de que no existiese
obligación, bla, bla, bla…


Me duele, y mucho, pues no es mi intención aquí atacar al autor ni
desilusionar a sus seguidores. Pero ¿Qué tan amarga es la sensación de ser
conocedor de la verdad y ver como a tu alrededor ésta es maltratada y
deformada?
Aunque la
realidad fuese otra y esta era que la familia tenía que adaptarse a las
necesidades, porque es que realmente teníamos mucha responsabilidad. Que ya lo
he dicho antes, pero que es cierto.


Como comprenden mi sentimiento y no me gustaría dejarles con el amargor de
desconocer la versión real, me dispongo inmediatamente a explicar los
acontecimientos sucedidos hace tanto tiempo pero que, sin embargo, continúan en
mi cabeza tal como los presencié en aquel momento.
Tanto tiempo, tanto tiempo, si apenas han pasado 15 años. 

Bien, prosigamos. Fue así
como mi hijo Miguel, con cinco años recién cumplidos, pasó a formar parte de mi
equipo de Control de Calidad.
No sé bien
la razón por la que mi padre precisara mi ayuda a aquél día, pero seguramente
sería debido a que algún técnico especializado había sufrido una indisposición
y necesitaban urgentemente a alguien con capacidades excepcionales que pudiera
realizar algún trabajo tremendamente complicado
.
Tocaba guardia de fin de
semana, estábamos en pleno proceso de producción, el alimento vivo era lo más
delicado y en un par de días podíamos llegar a perder todo el trabajo realizado
entre semana. No hay margen de maniobra cuando tienes unos cuantos millones de
larvas nadando en los tanques y necesitan comer. 


Así, por lo que fuese, estaba yo sentado en el coche a punto de llegar a la
piscifactoría. Al entrar, aparcamos y saludamos a mucha gente, la mayoría ya me
conocían, pero yo nunca he sido bueno con las caras, así que me quedaba bien
quieto, serio y aguantaba fijamente la mirada. Sabía mi responsabilidad aquél día
y no quería que los demás trabajadores dudaran de mi capacidad.
Ajá, así que es verdad lo de la responsabilidad ¿eh? Pero
como fuera que debía acompañarme y que debía pasar esas horas conmigo encontré
la forma de hacer que su estancia fuera una diversión, encontré la forma que
cada castillo de arena fuese diferente, encontré la forma de que disfrutase
haciendo castillos de…
“rotíceros”.


La tarea que me fue encomendada consistía en contra rotíceros. Para los que
no sepan lo que son (vergüenza debería darles), os explico que se trata de una
especie de chuchería que los acuicultores utilizan para alimentar a los peces.
Le expliqué que
los rotíferos eran como gominolas pero en muy pequeño y que a los peces les
encantaban, que se los comían como golosinas y que de la misma manera que
pasaba con las golosinas si se les daban muchas se empachaban, por eso que era
tan importante saber cómo estaban y cómo dárselas.


Así que el control de estas diminutas gominolas era mi deber y para ello
hacía falta contar exactamente la cantidad que tenían en Tinamenor, de manera
que pudieran alimentar con la cantidad adecuada cada uno de los tanques. Era
sin duda un trabajo importantísimo y complejísimo
.
Esta rutina pasó a
ser algo parecido a que si lo hubiésemos puesto al frente del departamento de
innovación de Lego. Así que le restauré un viejo microscopio ruso, una reliquia
de años pasados, y le dije que era de su propiedad.


Mi padre me llevó hasta el más complejo y sofisticado microscopio de la
sala, con luces, ruedas, botones y muchos números, lo que me hizo convencerme
una vez más de la importancia de la persona que substituía. Apreté mil veces
los infinitos botones del microscopio para ver como las diferentes luces
iluminaban.
Coloqué la aplicación para convertirlo en binocular y le
puse dos tubos con aumento de 10x y 3,5x, de esta forma era mucho más fácil su
uso y, por supuesto, más que suficiente para el fin que perseguía. Mantenerlo
ocupado un par de horas.


Era sin duda un trabajo importantísimo y complejísimo. Mi padre seguía
hablando, explicando cosas de playa y castillos de arena (debía añorar las
vacaciones), así que decidí interrumpirle para ponernos manos a la obra. Me dio
una piscinita llena de rotíceros y con mi magnífico microscopio empecé a
contarlos. ¡Era increíble, había muchísimos!
Le dije que un
montón de rotíferos es como un montón de arena de playa, multitud de granos que
a veces ni se ven y que juntos forman las playas y que en cada gramo…
Para que yo entendiera el misterio de los rotíceros, cogió un poquito de
arena (de verdad que añoraba la playa) y la pesó. Me explicó que en aquella
arena había tantos granos como niños había en mi colegio.
Cogimos un poco de
arena y la llevamos a una balanza de precisión donde pesamos un gramo y le dije
como mucho habría unos doscientos granos, más o menos, tanto como todos los
compañeros del cole de primaria.


Decidí reconducir la conversación y dejar de hablar de colegios, así que le
pregunté sobre la cantidad de peces que alimentaríamos con tantas gominolas.
Le miré y le dije
que apenas si nos daba para la primera ceba de un tanque y él sabía que
teníamos cuarenta. Yo le dije que en cada uno había más de medio millón de
peces, que para darles de comer a todos necesitábamos muchos gramos y que por
eso era tan importante lo que hacíamos.
Me dijo que sólo un
tanque. ¡Sólo un tanque! En Tinamenor debía haber como cuarenta tanques en
total. Debía pensar en alguna solución, no podía permitir que la producción de
ese fin de semana se echara a perder. La situación era mucho más complicada de
lo que creía.


Mientras él hacía como que miraba, creo que seguía
dándoles vueltas a lo de las cantidades, completé los registros con los
conteos, ajusté la cantidad de alimento para este día y el siguiente y puse las
cantidades que debías cosecharse para alimentar a las larvas.
Apuntó el número de rotíceros en una hoja y me comunicó que serían
suficientes para alimentar a la mitad de los peces del mar. La verdad es que
eso me alivió bastante, pero mis alarmas se dispararon de nuevo cuando me
percaté que no me había preguntado cuantos rotíceros había contado yo. Mi padre
sólo había apuntado los suyos.
Le di la hoja para que se la llevase a
Luisón. Posiblemente en un momento de descuido, la verdad es que no sé cómo ni
cuándo, mi hijo debió coger el lápiz y garabateó algo al lado de dónde había
visto que yo había puesto la cifra que le dije que era comida.
Cogí su lápiz e hice una rápida suma, era sencilla y con tan sólo añadir
dos ceros al número de la hoja se corregía el problema.



Su cara me decía que no entendía nada, en su mundo todo
era poco o mucho, o en todo caso mucho muchísimo, se me ocurrió decirle que con
lo que íbamos a preparar hoy casi le podríamos dar de comer a la mitad de los
peces del mar, pero a los pequeños, eh.
Había salvado la
producción, ahora sí que los acuicultores conocían el número exacto de
gominolas y podían darle las necesarias a los peces sin empacharlas.
Y no sólo
eso, dado que el número real era mucho mayor de lo que creía mi padre, no sólo
habría suficiente comida para alimentar a la mitad de los peces del mar, sino
que…
Luisón revisó el registro y me preguntó que qué quería
decir con aquello. Eran dos redondas, como ceros. Miré a mi hijo y nos dijo,
sorprendiéndonos…
¡Todos los peces del mar tendrán su ración de golosinas
este fin de semana!

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