El mejor amigo de Serafín

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Ilustración: Susón Aguilera

Dejó caer con suavidad la pierna
izquierda sobre el bordillo. El pie se encajó en el hueco exacto que apenas
unos segundos antes había sido dejado por su mano izquierda, que ahora se alzaba quedando
suspendida en el aire, etérea, unos centímetros más adelante. Se quedó
clavado, inmóvil, sin un solo músculo relajado, era pura  tensión, el nivel de adrenalina disparado, la
piel erizada. Pasaron unos segundos y la mano izquierda se apoyó sobre el suelo
mientras la pierna derecha se levantaba lentamente, suavemente.

El espectáculo ante sus
ojos adaptados a la penumbra era tentador, casi no podía contenerse. Su
instinto le pedía a gritos lanzarse al agua y atrapar alguna de las apetitosas
doradas que nadaban como locas en el tanque. Percibía que su presencia las
alteraba y este hecho provocaba que nadasen muy rápido, frenéticas, con un
punto de peligrosidad que las hacía inalcanzables, además, eran demasiado
grandes para su tamaño. Esta situación se venía repitiendo noche tras noche
durante las últimas dos semanas. 



Esa noche iba a ser diferente.


Nada más llegar y
cambiarse, sin apenas decir buenos días a sus compañeros, Ramón fue directo al
tanque de reproductores, sabía que algo pasaba con este lote y estaba
francamente preocupado. Apenas hacía un mes que había empezado su período de
puestas y estaban comportándose de maravilla, sin problemas, hasta que de
repente habían dejado de poner, hacía ahora ocho días.



No dio crédito a lo que vio
al abrir la puerta, todos los peces estaban muertos. Atónito miró a un lado y a
otro como esperando encontrar una respuesta pero estaba solo. Se oía el dulce
caer del agua en la superficie, monótona y tranquila. Había un silencio
extraño, era el silencio de la muerte. La sonda marcaba 100% de saturación en
la pantalla del controlador. Ni siquiera había pasado el tiempo suficiente como
para que la alarma sonase.


Sigue en…

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