Lo siento mucho, me he equivocado

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Ilustración: The prick Susón Aguilera

Un
grito atronador y gutural acompañado de profusión salival se deja
sentir en la quietud de la sala de reuniones: ¡Serás cabrón!


Los
que todavía no habían despertado del letargo brumoso, consecuencia
de las más de dos horas largas que llevaban revisando los datos del
semestre, lo hicieron de golpe. Todas las miradas se dirigieron al
“cabrón”, sin apenas dudar que no podía ser otra persona que
él.


A
todos les pareció que el epíteto, fiel y acertado, se quedaba corto,
como si le faltase una extensión que adornara a base de adjetivos
sinonímicos el efecto que realmente servía para definir su esencia
personal. Porque apenas si lo cumplía. Escasamente alcanzaba para
esbozar la verdadera animadversión que provocaba. Por todo y por
nada. Esa era la única virtud que le reconocían.

Era
ese tipo de personas que, desde el primer momento, es capaz de sacar
lo peor de cualquiera con tan sólo abrir la boca para proferir un
elemental y sencillo “buenos días”. Estas dos inocentes, tal vez
incluso bienintencionadas, palabras en su boca eran una incitación al
odio más incontrolado. Una respuesta visceral, inexplicable pero
legítimamente adquirida, que se transformaba en una mueca que a modo
de sonrisa transfigurada, dejaba para sus adentros: “Ojalá te
pille un tren y te haga mierda y te aplaste hasta los huesos del
meñique, hijo de puta”.


Aunque
como consecuencia de la inhibición biológica que se produce a
nivel de la corteza prefrontal del cerebro, como acto de censura innato, se dejaba expiar, estirando al máximo las cuerdas vocales, un ligero y acotado
: “Díasss…”, eso sí arrastrando las eses y sin parar,
para que no diese la opción de entenderse ese acto como la búsqueda
de una forma de establecer un inicio de conversación.


Frente a este tipo de elementos, el mecanismo responsable de la gestión de la repugnancia, ese que se encuentra revuelto entre la bilis, provocaba que se buscara ansiosamente evitar el mínimo contacto físico, huyendo hasta de la
estela que provocan. Salvo en ocasiones excepcionales, como esta, en
la que se había reunido a todo el equipo para que diesen cuenta y
explicasen el caos en el que se encontraban inmersos.


Con
toda seguridad, si a primera hora de la mañana hubiesen preguntado a
todos los asistentes qué es lo que esperaban de la reunión, la
respuesta hubiese sido unánime: “Que se carguen a ese bastardo”.
Pero no se lo habían preguntado. De hecho ni siquiera conocían el
excepcional motivo de la convocatoria. Tan habitual como inusual
en estos momentos.


El
grito que marcó la inflexión de la reunión era el mejor de los
presagios, hasta el momento muy oscuros, para que el deseo soterrado
se viera finalmente cumplido. El grito provenía del otro lado de la
mesa e hizo que la atención se fijara firmemente en la mujer que lo
había proferido, que se había atrevido a evidenciar lo que todos
pensaban, que era un verdadero y auténtico cabronazo.


Su
figura, otrora grandiosa y prepotente, se contrajo de tal forma que
lo hizo regresar a lo que en realidad era, un miserable medrador
capaz de lo peor y lo más ruin. Una auténtica escoria sin piedad,
un lameculos rastrero que sólo sabía ir por la espalda. Un batracio
baboso y cizañero. Un monstruo farsante. Un declarado y confeso cizañero. Un…


No
hacía ni un año que se había incorporado al equipo para ocupar el
lugar del puesto vacante. Una vacante apetitosa y respetada. Una vacante necesaria y de gran proyección. Una vacante como tantas otras. Aunque designado a dedo era evidente que
poseía unas credenciales tan espectaculares que era imposible dudar
de sus capacidades.


Como
casi siempre que se producen este tipo de cambios hay, en un primer
momento, un efecto mezcla de estupefacción e incertidumbre. Parte
del equipo suele mostrar aquiescencia asumiendo que será más de lo
mismo. Otra parte presume de saber que iba a ser así porque ellos ya
lo habían previsto. Existe otra que manifiesta un negacionismo
pesimista que se fundamente en el fin de todas las cosas y finalmente está la corriente mayoritaria, a la que se la suda.


Sin
embargo todas las partes coinciden en lo mismo ¿por qué alguien de
fuera?


La
humildad se la dejó en casa desde el primer día. Era el elegido y
así lo hizo saber nada más aterrizar. Justo en ese mismo momento,
todos, crédulos o no, aquiescentes o pesimistas, los del yo ya lo
dije o a mí me la sudas, establecieron la hermandad del “hay que
cargarse a este capullo”.


Día
tras día se empeñó en mostrar la ruindad y miseria que acompañaba
a su persona. Pero lo peor de todo es que, en un principio, esto
pareció encantar a los de arriba ya que habían generado el efecto
que buscaban, y que no era otro que hacer temblar los cimientos en
los que se sustentaba lo que consideraban un fracaso. Querían que no
se perdiera el espíritu de efervescencia y creatividad que siempre
les había caracterizado y que ahora erraba perdido.


Sin
embargo ese no era el problema. Hacía mucho tiempo que había dejado
de ser el verdadero problema. Y la solución no parecía estar en la
incorporación de un elemento perturbador del estado del malestar y
anticreatividad, que se había instalado oxidando relaciones e
impidiendo que “el espíritu”, como solían definirlo, volviera a
fructificar tras los extraordinarios éxitos del pasado.


El
efecto que causó su entrada había provocado justo lo contrario. Los
escasos y débiles enlaces que aún mantenía cohesionado a ese
equipo ganador se habían vuelto cada vez más frágiles. Tanto que
las rupturas que se empezaron a producir presagiaban el hundimiento
definitivo.


Cuando
les comentaban “pero con lo que vosotros habéis sido…”,
gesticulaban encogiéndose de hombros y señalaban con su dedo,
apenas extensionado de la mano, hacia el lugar en el debía estar la
persona que estaba consiguiendo desmotivarlos tanto. Tanto que sólo
deseaban que se acabase todo, que finalmente se hundiese y que no
hubiera manera de sacar adelante y reflotar su proyecto. Y sólo eran
capaces de articular “maldita sea”.


Pasados
los primeros meses, y cuando ya se habían acostumbrado al nuevo
escenario, hay que ver qué fácil es adaptarse a los entornos
agresivos cuando se cree que esto va de supervivencia, apareció la
segunda de las virtudes que el nuevo procesaba: “la arrogancia”.


Ya
ni se preocupaba en ocultarlo, sencillamente les dijo que no servían
para nada y puesto que era así, no perdería el tiempo en
escucharlos. O hacían lo que él decía o ya sabían qué es lo que
les esperaba. Tal era la situación de abatimiento que ni fueron
capaces de sacar fuerzas para quejarse. Queja del todo infundamentada
ya que ellos mismos empezaron a creerse los verdaderos culpables de
la situación y que la venida de tan detestable ser, sólo había
servido para ponerla de manifiesto.


El
día que les dijo “esto se va a acabar y menos mal que yo estoy
aquí”, casi se llegó a producir un primer intento de motín, pero
la naturaleza de sumisión que había sido capaz de sembrar de forma
individual, acabó impregnando a todos y acabó aflorando como un
mandamiento grabado en lo más interno, en las uniones sinápticas
del cerebro profundo.


Alguna
preguntó “cómo hemos podido dejar que esto pase”, pero nadie
respondió, porque todos sabían por qué había pasado, porque
todos ellos habían querido que así fuese. Y era justo cuando este
sentimiento de duda afloraba, cuando él ya se sabía ganador,
consiguiendo lo que pretendía que todos asumieran, el sentido de
culpabilidad. Logrado esto era tan fácil que acabaran sin
cuestionarse nada que hasta dudaban de que realmente fuera eso lo que
en realidad pensaban.


Una
vez anulado el grupo empezó a fundamentar su filosofía de trabajo.
Elevó a los altares su actitud pusilánime hacia todos los demás
haciéndoles temerosos de sus actos. Construyó una barrera
psicológica impenetrable basada en la autocomplacencia que se
sustentaba en el que nunca se equivocaba o en no asumir ningún
error, ya que él jamás los cometía. Esta tortura hacía que
creciera en el grupo, ya casi inexistente, la imposibilidad de
enfrentarse, no sólo a dificultades complejas, sino a cualquiera por
mundana que fuese. Y para abochornarlos aún más y ahondar en el
ninguneo, dejó de llamarlos por sus nombres.


Al
sentir que lo tenía todo bajo control, dejó entrever que era
sensible al halago fácil y esto hizo que, durante un tiempo mejorara
la situación al sentirse arropado por algún componente del equipo.
Uno iluso y desorientado que confundió palabras impostadas con un
atisbo de cambio o reconsideración. Así que al evadirse el
espejismo y volver a la realidad, la situación hizo que se acentuara
su falsedad y que emergiera una animadversión animal que aumentaba
hasta extremos imposibles su total falta de empatía.


Esta
carencia emocional generó un estado de ansiedad severo. Empezó a
ver fantasmas y llegó a la conclusión de que esta gentuza no se
merecía nada, ni siquiera se lo merecían a él. Este razonamiento
se basó, simple y llanamente, en el hecho de que le cuestionaran sus
aciertos. Él, que nunca se equivocaba.


Y
así continuó hasta el día que decidió dejar de escuchar y se
presentó en la reunión con lo único que lo sustentaba, su
mediocridad, y apoyándose en una sentencia lapidaria en forma de
intención premonitoria dictó: “Como no servís para nada tendré
que hacerlo yo todo y sólo”.


Al
grito de “serás cabrón” que atronador y gutural y acompañado
de profusión salival se dejó sentir en la quietud de la sala de
reuniones, le siguió un sosegado acto de justicia poética, “ Lo
siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Estás
despedido”.



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