IA

IA_ilust.jpg

El derrumbamiento del techo del zulo que teníamos como oficina, significó un antes y un después en la concepción que se tenía de los técnicos y responsables de producción acuícola.

No es que no fuéramos considerados importantes, no, no exactamente. Pero la realidad era bien otra. La alta tasa de incertidumbre y la elevada frecuencia con la que se producían cambios en estos puestos, por otro lado, esenciales, hacía que desde la dirección se considerase que con lo esencial ya era más que suficiente.

En los noventa lo esencial era un lápiz y una libreta. Todo lo demás se suponía superfluo. Hablar de las nuevas tecnologías emergentes, una quimera. Disponer de cualquier utensilio que facilitase la recogida de datos de forma sistemática, un deseo inalcanzable. Disponer de un ordenador, por primitivo que eran por entonces, un sueño lúbrico.

Pero llegó el día en el cual lo documentos, generalmente papeles y libretas, que se almacenaban cuidadosamente en las estanterías quejosas de nuestro despacho, se vieron despachadas hacia la nada por los avatares de una climatología adversa y un tejado que hacía veinte años que requería de un buen mantenimiento.

Ese día llovió, y llovió mucho. Llevaba lloviendo toda la semana. Las incipientes goteras de días anteriores, por habituales, no llamaron la atención del jefe de mantenimiento. Más de lo mismo. Bastaba con desplazarse un poco a la derecha para dejar espacio para que los cubos cumplieran con su misión y apretujarse.

Pensar en mover los documentos o ponerlos a salvo, ¿para qué? Si siempre era lo mismo.

Al día siguiente llovió mucho más. La situación empezaba a ser algo más crítica de lo normal. No se daba abasto con el recambio de cubos. A las goteras le siguieron unas considerables cataratas de agua en forma de chorros dispersos. La situación se volvía crítica por momentos.

Pero, ¿quién se preocupa de esas cosas cuando se está en plena temporada productiva?

Por lo visto sólo nosotros. Ilusos, considerábamos que poner a buen recaudo el conocimiento de varios años, de los muchos lotes de producción, de cantidades ingentes de datos de valor incalculable que un día, que un día… tal vez nos harían ver la luz del conocimiento, cuando haya tiempo, era una labor de transcendencia.

La naturaleza invernal, revoltosa e irreverente, ganó la partida. El techo se desplomó y sí, como si fuéramos los irreductibles galos de una aldea remota, a lo único que le teníamos miedo, sucedió. El cielo se nos cayó encima.

Un río de agua, procedente de un almacenamiento en la estructura superior de la azotea, a saber con qué fin construida hace años, se abalanzó sobre todo lo que teníamos. Arrastró mesas, sillas, estanterías, microscopios, archivos y… todo el conocimiento en formato, casi epistémico, que teníamos almacenado.

Nuestro Babel, nuestra Alejandría, fluía rabiosamente camino de la ría sin la posibilidad de hacer nada.

¡Piiiiiiii…! ¡Piiiiiiii…! ¡Piiiiiiii…! El sonido de la decodifación de la BIOS se abría paso en la restaurada nueva oficina.

¡Tlap, chap, tlap, tlap…! El técnico tecleaba los comandos para arrancar el reluciente computador.

¡Track, track, track, track…! Se activaba la disquetera que contenía el sistema operativo.

¡Tuuufff-chinky, chaf, chaf, chaf, tuuufff-chinky…! Giramos la cabeza para observar cómo se desplazaban los cabezales de derecha a izquierda de la impresora.

-¡Bienvenidos al futuro! Fueron las palabras que utilizó el técnico cuando acabó de configurar los periféricos y el software.

Atónitos y desubicados. Desbordados por la emergente tecnología que se había puesto a nuestra disposición. Bajo unos techos recios y protectores y arropados por armarios ignífugos, nos sentimos pequeños. Nuestro pensamiento volaba río abajo viendo como todo era devorado por una marea naciente que lo arrastraba contra el rompeolas, mientras el rugir de un río rabioso estampaba troncos y piedras contra lo que más queríamos. Reduciendo todo a palabras sueltas, cuando antes componían una gloriosa sinfonía de conocimiento.

-¡Ahí lo tenéis! Nos dijo el Director. ¡Solo tenéis que introducir todos los datos y reescribir los documentos! Ah, sólo.

No quedaba nada. Bueno, tampoco es que fuera así. Todo estaba en nuestras cabezas. No es que estuviese muy bien ordenado y tampoco, todo, todo. Pero sí que una gran cantidad de bits de información almacenada entre millones de conexiones neuronales ahora colapsadas por la novedosa situación.

¿Por dónde empezamos? Necesitamos un par de semanas para responder esta pregunta. Pero al fin llegamos a la conclusión de que lo más importante era preservarnos nosotros mismos. Nos fuimos a tomar un café. Siguieron otros muchos. Hasta que, al cabo de un mes, salió de la impresora el primer estadillo de recogida de datos perfectamente estructurado. Continuaron otros muchos. Nacieron los protocolos. Se inauguró la temporada de setas. Perdón, esto no viene al caso. Teníamos una máquina de escribir maravillosa que no necesitaba Tippex, poco más.

Empezó a crecer la montaña de hojas de papel con grafitis al carboncillo que pretendían ser datos ansiosos de ser analizados, valorizados, usados y estrujados.

Cierta impaciencia se apodaba de nosotros. Estábamos casi como antes. Cierto que más protegidos, pero como antes. Notábamos a faltar algo. ¿Tal vez saber cómo usar la computadora, más allá de su excelencia mecanografiadora? Si alguien nos hubiera enseñado cómo…

-¡Esto…, que tal vez si hacemos unos cursos elementales de uso de computadoras y procesamiento de datos…! Dijimos en un tono conciliador y humilde.

-¿Ah, pero hace falta? Nos preguntaron de forma poco conciliadora y nada humilde.

-¡Ya, es que los datos no entran solos en la computadora! Hay que meterlos y ordenarlos. Cómo hacíamos antes en papel, pero ahora con la potencia increíble de estos aparatos. Tal vez hasta aprender cómo sacar provecho. Que mira que vale un pastón y no vamos a dejar que esto nos supere, ¿no?

Parece ser que nos explicamos bien porque a  la semana siguiente estábamos inscritos en un curso avanzado de informática, análisis y gestión del conocimiento, acercamiento multidata y software analítico especializado en situaciones de guerra. Parece ser que no nos explicamos demasiado bien.

Las seis horas intensivas que duró el curso en la recién creada facultad de ciencias informáticas dieron para mucho. Aprendimos a arrancar el ordenador con otra finalidad que no fuera la de la simple escritura. Esta actividad, compleja donde las hubiera, se complementaba con el arte de introducir y sacar de la disquetera los discos con los programas y los que contenían datos y alternarlos de acuerdo a las necesidades y las fases del proceso. Parece simple pero la línea que separaba ambos usos constituía, en muchas ocasiones, una cuestión puramente semántica, que se reduce al hecho de que en la pantalla del computador apareciese la señal con la pregunta de qué es lo que queríamos hacer. Si esto no era así, todo a tomar por el culo.

Paro no naya nada que no pueda la voluntad y, con insistencia y un curso para principiantes de seis meses, impartido por la misma facultad ante el fracaso de los anteriores cursos avanzados, acabamos dominando este arte.

Nuestro DOS soportaba un rudimentario procesador de texto y se completaba con un paquete estadístico enclaustrado en un disquete que obligaba a introducir datos de forma artesanal, casi casi como si los escribiésemos en una hoja de papel. Sólo que después con paciencia y curro explotábamos su altísima capacidad analítica. ¡Qué bien nos salían las sumas y las multiplicaciones!

En nuestra incansable lucha por adquirir nuevos talentos, fuimos capaces de transformar los signos al carboncillo en estructuras pictóricas complejas y de una belleza sublime. Gráficas, cuadros de datos complejos, análisis estructurados e hipótesis surrealistas cobraban vida tras un par de clics. Estábamos observando el nacimiento de la BIG DATA acuícola, sólo que no teníamos ni puñetera idea.

Consagrados como auténticos gurús del conocimiento no prestamos atención a la llegada de un nuevo becario para realizar sus prácticas. No era biólogo, no era veterinario, no era ingeniero agrónomo, era ¡Informático! ¡Cómo si lo necesitáramos!

Concretamente bioinformático. Especialista en análisis de datos. Experto en análisis de datos y su integración en comunidades biológicas complejas. Lo que se dice un genio. Joder, con el puto becario.

Se nos apareció con su equipo portátil, con el software integrado y una capacidad de almacenamiento infinita. Nos preguntó si usábamos la versión de Microsoft Office estándar o la Pro. Que él disponía de esta última y que Access le gustaba mucho más, aunque entendía que igual para nosotros con Excel, la integración de datos OLE y con el lenguaje de secuencia de comandos que permitía hacer cosas con Visual Basic, más que de sobra.

Se nos desencajó la mandíbula.

Empezamos a entender qué era eso de la IA. Y nosotros carecíamos de ella.

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o cualquier coincidencia con la realidad es puro parecido, o parece una casualidad la coincidencia real, o es que acaso no es parecida a la realidad la coincidencia, o… yo qué se.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.