¿Prescindirá la Tierra de la humanidad?

Imaginemos, por un momento, que nuestra capacidad intelectual hace posible que entendamos, de una forma general y sin emociones contrapuestas, el estado actual de la situación en la que nos encontramos. Que somos capaces de saber qué es lo correcto y que esto no sea un efecto infundido, a propósito, para hacernos creer que lo que pasa es nuestra culpa. Que, en nosotros, puesto que somos seres de una alta racionalidad epistemológica, al aceptar el hecho anterior se genera el efecto contrario. Que al aceptar qué creencias queremos incorporar y cuáles no, nos surge la duda. La persistente duda que como humanidad nos arrastra.

Imaginemos, por un momento, que somos capaces de aplicar la duda metódica al proceso y que somos capaces de rechazar como falso todo aquello que pudiera conducirnos a tener la menor duda. Que como seres sintientes que somos, tenemos la capacidad de rechazar, poco a poco, aquellos elementos -principios- que evitan la duda. Que como no tenemos ninguna duda, sabemos exactamente qué es lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Pero, entonces ¿cómo podemos llegar a la certeza que lo que hacemos es lo correcto sin que exista la duda?

Si el “pensar nos hace existir” debemos seguir dudando de todo, sin embargo ¿es posible dudar de lo que vemos, de lo que sentimos? ¿Es justo dudar que la culpa no es nuestra, sino de los demás que no tienen nuestra conciencia holística de la realidad?

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Pero si la culpa está en los demás, en los otros, por qué yo, intelectual, sintiente, racional, conocedor de la verdad y sin culpa, hago todo lo que creo que debe hacerse y cumplo con los promulgados… ¿por qué los demás no?

Esta duda perversa me lleva a la certeza de que la humanidad está como una puta cabra, y que la maldita educación judeocristiana que hemos recibido, junto con el modelo social que nos han hecho mamar desde pequeños, nos lleva al desastre más absoluto.

No puedo dejar de hacer lo que creo que debo hacer, ya que precisamente eso forma parte del mecanismo de anti-rebelión social que creo tenemos todos. Y no dejaré de hacerlo por rebeldía, precisamente, porque creo que en el momento en el que baje la guardia y me deje arrastrar por la desidia del fracaso individual, será el fracaso colectivo.

No puedo apearme de este Mundo, pero sí que empiezo a creer que es posible que la Tierra decida prescindir de la humanidad. Se lo estamos poniendo fácil.

Esto no tiene que ver con la multitud de películas sobre el fin del mundo, de las que me reconozco fan, sino porque me fascina el fin de nuestra existencia. Como creo que nos gusta, a muchos, acercarnos a un precipicio y sentir como nos devuelve la mirada. Me gusta esta definición de Nietzsche que concluye que “a veces es imposible involucrarse sin verse arrastrado”. Yo ya me siento transportado por la corriente.

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