Divine Bite Essential Oil

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Ilustración: The Brilliant Susón Aguilera

Shinosuke
Takahashi se había levantado con un tremendo dolor de cabeza al que
acompañaba una boca pastosa que casi le impedía hablar, se le
pegaba el paladar. No era la primera vez que esto le sucedía, ni
mucho menos. Su condición de
ryukyuense
determinaba que s
us
niveles de alcohol deshidrogenasa en sangre fueran inexistentes, por
decir algo, y aun a sabiendas de ello no podía evitar dejarse llevar
por los efluvios que despedía el sake. No es que fuese un borracho
empedernido, como solía decirle su padre, Takahashi San, cuando lo
veía aparecer de esa guisa tras una noche de perdulario
comportamiento, es que simplemente le bastaba olerlo para ponerse
ciego perdido. Era la maldita carga genética heredada de un padre al
que jamás llegaría a comprender y que le pesaba como una losa que
no le dejaba hacer lo que más le gustaba, beber. Por este motivo,
desde muy joven, quiso estudiar bioquímica.


La
noche anterior había bebido demasiado, tal vez no más de lo
habitual, lo reconocía, pero es que la recepción organizada por el
consulado belga en Japón para que las empresas de biotecnología más
prometedoras se presentasen ante un nutrido grupo de inversores
procedentes de su país, lo valía.

Recordaba
vagamente como un señor de nombre muy raro se le había presentado y
le había empezado a hablar de acuicultura. Su inglés no es que
fuese de Oxford, cierto, pero nunca había tenido dificultades para
comprender y poder seguir una conversación normal. Sin embargo,
cuando a los efectos narcóticos del sake se le sumaba aquel acento
belga tan particular sentía que algo se había quedado por el
camino. Era consciente de la existencia de una negrura espectacular
en su memoria y se sentía descolocado tanto por este hecho como por
el efecto que el consumo de alcohol había operado en su capacidad de
comprensión y síntesis.


Se
miró al minúsculo espejo que colgaba sobre el, todavía más
pequeño, lavamanos de su laboratorio. No se gustó. Las marcas, casi
tatuadas, de su cara evidenciaban muchos más excesos de los que
recordaba. Se frotó los ojos con fuerza y se pasó un par de veces
las manos por su cabeza con el pelo cortado a cepillo, aprovechó
para masajear las sienes como si con ello consiguiera despertar a
alguna de sus neuronas. Se echó un poco de agua fría y se palmeó
los carrillos con las dos manos abiertas. Tuvo un nuevo recuerdo
revelador de su padre, Takahashi San, cuando le aventuró que la idea
de criar porquerías para que la gente se las comiese no era más que
el efecto de una de sus muchas noches de consumo desmesurado. Como si
su doble licenciatura en bioquímica e ingeniería industrial no
hubiese servido para nada. Por no decir de su doctorado en
biosíntesis de compuestos altamente ricos en ácidos grasos que le
había valido el premio extraordinario de su Universidad y que estaba
financiando su actual investigación y, ¿qué decir de la empresa
recién creada, DPA Kaisha Inc, basada en una patente altamente
novedosa consecuencia de la investigación anterior? Su padre,
Takahashi San, no sólo le había transmitido una enzima defectuosa,
seguramente la carga genética heredada era portadora de muchos más
trastornos de los que podía imaginar, entre ellos su condición de
pusilánime.


Echó
mano al bolsillo en busca de la llave de la puerta de acceso al
cuarto de biosíntesis, que siempre llevaba consigo, y palpó un
papel duro y rugoso. Seguía con los mismos pantalones, con la misma
camisa, chaqueta y corbata. Luego se ocuparía de ello, sobre todo
por que los lamparones de la camisa le hacían parecer, de forma
cierta, al perdulario que su padre decía que era. Miró el papel y
se dio cuenta que era la tarjeta profesional que le había ofrecido
el señor belga raro en la recepción, el de los pececitos. Patrick
De Maesschaleck
,
General Manager of Nutri-fish-ion. Le dio la vuelta a la tarjeta y
vio que estaba escrito “
call
me

y un número largo, demasiado largo como para ser de Japón. Lo
guardó. No podía procesar con claridad. Estaba a punto de que su
cerebro se cortocircuitara.


Cuando
esto le sucedía sabía que lo único que le ayudaba era volcarse en
sus ensayos para mejorar el crecimiento de los microorganismos
productores de los ácidos grasos tan preciados por la industria.
Llevaba medio año intentando saber por qué su preparado para la
industria láctea no funcionaba y mira que hacía falta en Japón.
Sigue adelante
Takahashi
Chan, le decía su mentor.


Se
volvió a refrescar la cara, roja carmesí efecto de las
catecolaminas acumuladas, antes de ponerse a revisar sus notas y un
nuevo recuerdo le vino como una iluminación repentina. Por fin se
conectaban las neuronas. De Maesschaleck San, esto… Monsieur De
Maesschaleck le había dicho que le llamase por que el subproducto
que él estaba obteniendo de su síntesis era exactamente lo que
necesitaba para preparar un mejunje que quería dar de comer a los
peces que se estaban produciendo en medio mundo. Que era dueño de
una gran empresa de nutrición y que estaba dispuesto a pagarle una
suma estratosférica por la patente y que si no lo llamaba en dos
días se sentiría muy ofendido y que se cagaría en su muy apreciado
padre San.


El
sake y esta última expresión de amor fraternal incondicional era lo
que había motivado que aceptase, quería demostrar a su padre lo
equivocado que estaba. Ahora lo recordaba, y recordaba la cifra que
el señor belga le había enunciado que estaría dispuesto a pagar
por que le licenciase la producción del subproducto. No volvería a
tener necesidad de financiación y a su padre San que le diesen.


Seis
meses más tarde se encontraba en Bélgica para poner a punto el
reactor biológico en el que se iba a llevar a cabo la primera gran
producción. Un reactor de diez mil litros escalable a más del doble
si todo salía como estaba previsto. Shinosuke estaba emocionado.
Monsieur De Maesschaleck estaba expectante.


El
reactor no era nada singular, uno de tantos de la industria de
síntesis biológica, lo que sí que era diferente era el proceso por
el cual el hongo (lisérgico para más señas) perdía su capacidad
alucinógena y se transmutaba en un productor de ácidos grasos de
alto valor nutricional. Era necesaria una segunda fase de
despachurramiento y separación en doble fracción sólido-gaseosa
del ansiado producto que, tras pasar por una filtración y secado en
bandeja de gel activo, producía un polvillo cristalino, fino y
blanquecino que hacía las delicias de los químicos de la empresa.
Era sospechosa la euforia con que lo acogieron pero ya se sabe que
cuando las cosas salen bien desde un principio…


Para
evitar malentendidos con las autoridades decidieron que lo mejor
sería emulsionar el producto resultante en un soporte aceitoso. Fue
coser y cantar. Dos días después y tras varias pruebas de afinado
tenían listo el primer lote experimental de “Divine Bite Essential
Oil”. Ahora necesitaban un lugar donde probarlo.


La
relación de
Nutri-fish-ion
con Pescahito, S.A. era extraordinaria así que Monsieur De
Maesschaleck hizo valer sus contactos para proponer la realización
de una prueba a escala industrial con el maravilloso producto que iba
a revolucionar la producción de alevines de peces marinos. Su
empresa corría con todos los gastos. Esta iba a ser una prueba de
verdad. Dos semanas más tarde todo estaba a punto y Shinosuke
aterrizaba en el criadero de Pescahito, S.A. para validar la
incorporación de su producto al proceso de producción larvario.


El
primer paquete de producto envasado al vacío lo abrió el técnico
encargado del cultivo de rotíferos y no se le ocurrió otra cosa que
acercar su nariz para ver cómo olía, cosa que solía hacer siempre
y que a nadie extrañó. La aspiración fue profunda y larga. Alzó
su cara para decir que sí, que le gustaba. Volvió a sumergir su
nariz, ciertamente prominente, en el paquete y se oyó otra
consistente aspiración. Vaya que si le gustaba. Los ojos se le
empezaron a achinar y mostrar cierta brillantez. Se rascó la nariz e
hizo un gesto de contracción del cuello como si le subiera un
escalofrío desde la espalda a la cabeza que alzó como si buscase
algo en el techo. Se encogió de hombros y sufrió una agradable
agitación.


Volcó
el líquido aceitoso del paquete en el depósito con agua que había
preparado y empezó a batirlo con suavidad. Se sentía bien y se dijo
que era una persona afortunada por tener el trabajo que tenía y
poder conocer a ese señor japonés con nombre de dibujos animados
tan simpático. Le dio ganas de abrazarlo. Se contuvo.


Shinosuke
observaba con detalle todo el proceso. Notó cierta relajación en
los modales del técnico sobre todo cuando se le acercó sonriendo
con los brazos abiertos, pero dedujo que ese señor debía sentirse
bien y que sin duda era una persona afortunada por tener un trabajo
tan interesante. Menos mal que se había contenido. Sin duda debía
tener un padre maravilloso que desde joven le habría mostrado todo
su apoyo y cariño.


El
técnico, haciendo uso de movimientos etéreos y graciosos, volcó el
preparado en un tanque lleno de rotíferos y dirigiéndose a
Shinosuke le dijo: “Ñam, ñam litel fis”.


Shinosuke
no entendía por qué ese señor hablaba tan raro pero asintió y le
sonrió. Seguro que era bebedor como él.


Dos
horas más tarde el tanque con los rotíferos enriquecidos con el
“Divine Bite Essential Oil” se estaba recolectando para poderlo
trasladar a la zona de cultivo de larvas que, ansiosas, esperaban su
primera comida. Con una jarra de litro y mucho cuidado, la
responsable de cultivo larvario, una becaría que un año atrás
había maravillado por sus extraordinarias dotes y capacidades,
empezó a distribuir el alimento ante cuatro ojos atentos. Dos, muy
abiertos y expectantes, eran propiedad de Shinosuke que no perdía
detalle y los otros dos, extraordinariamente abiertos y brillantes,
eran propiedad del técnico que no se separaba ni a sol ni sombra del
japonés.


El
líquido inició un proceso de expansión por la superficie del
tanque y las primeras larvas empezaron a picotear. En poco tiempo
todas las larvas habían subido a la superficie y mordían como locas
a los rotíferos bañados en el producto milagroso en mitad de la
nube provocada por su actividad. Sin embargo, se quedaron asombrados
al observar cómo saltaban fuera del tanque al tiempo que se operaba
un ligero cambio en su ojitos, ya de por sí brillantes y ahora color
rubí.


Se
miraron los tres sorprendidos. La responsable del cultivo le dijo que
algo no iba bien. El técnico de alimento vivo dijo que él se sentía
muy pero que muy bien. Shinosuke no sabía qué era lo que pasaba y
por qué las larvas no estaban bien y en cambio el señor que no se
despegaba de él sí. La responsable del cultivo le dijo que los
peces estaban como ciegos. Como yo, dijo el técnico de alimento
vivo. No, como tú, no. Está claro que no ven, no hay manera que
atinen a una sola presa viva y saltan porque creen que el alimento
está fuera y no dentro del tanque, dijo la responsable del cultivo.
Siii… es verdad yo también lo veo, dijo el técnico de alimento
vivo.


Se
recogieron diferentes muestras de las larvas y del rotífero, del
agua del tanque y del producto antes y después de la emulsión y por
si acaso se le hizo un análisis de sangre al técnico de alimento
vivo y también de orina, que se empeñó, que es que tenía mucha
gana. Shinosuke se dijo que sin duda era bebedor y que tendría
compañero para la noche, que también le estaba cogiendo cariño.


Shinosuke
Takahashi no se hizo rico por las regalías procedentes de la
licencia de su subproducto que había adquirido Monsieur De
Maesschaleck, quien a punto estuvo de arruinarse. Shinosuke se forró
con la venta de hongos “Divine Bite” como sustancias
psicotrópicas entre los jóvenes japoneses aprovechando el vacío
legal que rodeaba a su venta y consumo.


Takahashi
San no sentía vergüenza de su hijo, pero sí resignación por el
hecho de ser un borracho drogadicto que iba siempre acompañado de un
señor de nariz prominente y ojos vidriosos. Así que resignado pensó
que no se puede tener todo en esta vida pero tenía que reconocer que
estaba rico ese “Divine Bite”. No, si al final su hijo…

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