Fray Lubino

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Ilustración: Su Santidad Susón Aguilera

La penuria alimentaria
y la peste asolaban el continente europeo en pleno Siglo XIV. La orden
mendicante franciscana del Monasterio de Piedra se encontraba en una situación
límite. Los escasos suministros que procuraban con su propio esfuerzo y que
apenas llegaban para mantener a la comunidad de religiosos tenían que
repartirse entre la población más necesitada, es decir, casi todos los que
conseguían llegar al Monasterio. Cierto que no eran muchos, pero una boca más
era un bocado menos. Tampoco se notaba demasiado ya que el hambre era tanta que
no dejaba otra opción. Ni aunque hubiesen contado con el doble de recursos
hubiera bastado para llegar a una comida diaria. Pobre sí, mísera también, pero
al menos algo con lo que engañar al estómago. Sabían que donde comen cincuenta
no comen sesenta, pero no podían permitirse siquiera ese asomo de derrotismo
tan poco cristiano. ¡Dios proveerá!


Fray Lubino estaba muy
preocupado. El grano escaseaba. Tal vez bien gestionado fuese suficiente para
un par de meses pero apenas para nada si continuaba llegando gente… ¡Dios
proveerá! 

Estaba convencido que
sería del todo imposible recuperar el esplendor de sus graneros. Ahora todo era
escasez, agravada por las sequías, seguidas de esas terribles lluvias a
destiempo que arrasaban con todo y que se llevaban el poco sustrato útil que
permitía mejorar los cultivos. Los campesinos, cada vez más pobres, cada vez
más miserables, cada vez más al límite de sus capacidades huían desesperados de
sus tierras, tanto por el miedo a morir de hambre como por el miedo a morir en
manos del recaudador por no poder pagar las tasas. ¡Maldito sistema feudal!


Fray Lubino estaba muy
preocupado. Los ganaderos de la región que aportaban leche y queso y de vez en
cuando algún que otro lechal como pago de algún impuesto por el usufructo de
ciertos terrenos, habían sido reclamados por sus señores para que se acercasen
lo máximo posible a la corte, no fuera que los privilegios concedidos por el
Rey se aboliesen y los dejasen en la indigencia. Una oveja era una oveja y
siempre había algún lobo al que echar una culpa. ¡Dios proveerá!


Fray Lubino estaba muy
preocupado. Las pocas verduras frescas que podían recoger de la huerta apenas
si daban para cuatro pucheros por semana, tres días tocaba ayuno. Ayuno que era
celebrado por los frailes como una prueba de fortalecimiento de la fe que la
divina providencia les ponía. Lo llevaban con resignación cristiana aunque el
rugir de sus estómagos no se resignase a una ausencia tan prolongada.
Ayuno que era maldecido por los mendicantes ya que cada día que pasaban sin
comer más se acercaban al infierno de la enfermedad. ¡Dios no lo quiera!


Fray Lubino estaba muy
preocupado. Las gallinas que quedaban vivas apenas si daban una docena de
huevos y en el Monasterio eran ya más de cincuenta. Los escasos gusanos que se
encontraban por el suelo los peleaban a cara de perro con los chiquillos más
desfavorecidos, aquellos muchos que no contaban más que con su habilidad para
sobrevivir. Hubo que recurrir a la urgencia del caldo de las más viejas, huesos
que servían para remojarse una y otra vez en agua a la que se le echaba alguna
hortaliza escamoteada. Caldo divino que por muy aguado que estuviera aliviaba, pero que no era
suficiente para sanar a los más necesitados y eran cada vez más. ¡Dios
proveerá!


Fray Lubino estaba muy
preocupado. Aunque intentaba no dejarse llevar por la situación y procuraba
estar activo para hacer ver al Señor que su voluntad era férrea, cada vez
pasaba algo más de tiempo, dejándose llevar por la meditación y el rezo en el
estanque natural que conformaba el meandro del río Piedras. Al menos agua
tenían, limpia, pura y abundante. El río, de vez en cuando, les proporcionaba
alguna que otra trucha que era como una bendición del Señor. ¡Dios les proveía!


Entre rezo y rezo
dejaba caer un sedal con un anzuelo con mosca, como le había enseñado Fray
Mosquito. Lo llamaban así porque siempre iba de un sitio para otro, buscando y
rebuscando, incansable, dejándose llevar por el calor hasta que encontraba
donde picar. Cada trucha pescada era una vida salvada a cambio de otra, la de
la trucha. Su consciencia existencial le permitía discernir como un mal menor
procuraba un bien supremo. Ese bien que veía en los ojos de los niños que
peleaban con las gallinas por los gusanos.


Entre rezo y rezo
empezó a darse cuenta que en esa parte del río que a forma de meandro
conformaba aquel estanque divino solían ir las truchas y que eran las más
gordas y lustrosas y que gustaban de retozar y frezar. Haciendo de esta manera
posible el milagro de la existencia. Que no era la primera vez que se había
dado cuenta del frenesí con que algunos ejemplares se ajuntaban y del resultado
lechoso que acompañaba a la expulsión de los huevos. Aunque fraile mendicante y
profundamente religioso también era conocedor de los libros que contenían las herejías de
la creación, no era un fraile estúpido. Se había criado en una granja y
conocía, aunque no practicado jamás, el principio biológico que regía el
mecanismo procreativo que bien había presenciado.


Sin duda alguna ese
era el lugar que Dios, en su inmensa gloria, había elegido por las truchas para
procrear. Porque, quién sino Dios, habría decidido que ese lugar fuese entre
las paredes de un monasterio. Sin duda alguna Dios proveía.


Fray Lubino llamó a
Fray Mosquito, Fray Puñetas y Fray Apañao. A estos dos últimos por la capacidad
que tenía, el primero, de encontrar pegas y virtudes a casi cualquier cosa que
el Señor hubiera puesto sobre la tierra y al segundo, por su habilidad en
solucionar las pegas que el primero ponía y cómo no, mejorar las virtudes. Así
es como habían conseguido que el Monasterio fuera lo que era.


-Hermanos -dijo Fray
Lubino- Dios nos pone a prueba continuamente. Dios ha decidido que esta penosa situación
de privación y miseria que padecemos sea la forma en la que fortalezcamos
nuestra Fe. Porque Dios, en su inmensa misericordia, no permitiría que sus
hijos queden abandonados a una suerte tan tremenda.


-El ayuno le está
haciendo mucho más daño de lo que yo pensaba- dijo Fray Mosquito por lo bajo-

-Dios no lo quiera
–respondió Fray Apañao-

-Dios quiere, Dios
quiere –dijo Fray Lubino, acostumbrado a los requiebros de ambos hermanos y
aunque no dudaba de su Fe, sí de lo que el hambre hace entre los hombres
necesitados, por muy piadosos que estos fuesen- y quiere que hagamos aquí, en
nuestro humilde monasterio, con nuestras humildes manos, quiere que hagamos
posible, repito, el milagro de los peces. Que el de los panes ya vendrá.


-Dios perdónanos –Fray
Puñetas, juntando sus manos y elevándose a modo de plegaria- nuestro hermano no
sabe lo que se dice y no es quiera ofenderos, Señor, es que la sustancia de su
cerebro ya está reblandecida por la necesidad. Que sí, que nosotros alimentamos
nuestro espíritu de tu sustancia divina, pero que el mortal cuerpo al que
estamos condenados requiere de consistencia y de otro tipo de sustancia.

-Dios te oiga, amén
–dijeron al unísono Fray Mosquito y Fray Apañao.

-Hermanos, por el amor
de Dios, no sean incrédulos –intervino Fray Lubino- que Dios en su inmensa
bondad y sabiduría ha querido mostrarnos el camino. Hermanos, por qué no se
acercan a este estanque y miran conmigo cómo retozan estas truchas.


-¡Truchas! –gritó Fray
Mosquito babeando- ¿Dónde? Ahora mismo voy a por mí caña y vaya por Dios que si
doy con ellas…

-No blasfeme hermano
–le apercibió Fray Lubino- que ya he dado yo con casi todas. Las que quedan se
resisten por resabiadas y porque Dios, en su infinita buenaventura, quiere que
así sea para que nosotros obremos el milagro.

-¡Milagro! El milagro
es que todavía sigan ahí y que nadie haya dado con ellas -dijo Fray Puñetas-
ahora mismo ponemos una red en el estrechamiento y con esa escoba las
empujamos, que ya veremos lo que tardamos en cogerlas.

-Exactamente eso es lo
que haremos hermano –le dijo Fray Lubino- pero no con el fin que cree. Estas no
van a acabar en la olla, no esta noche. Las vamos a trasladar a aquel estanque de
más arriba y vamos a preparar una zona de paz con agua fresca y remansada para
que los peces se encuentren tranquilos y seguros y Dios lo permita, los peces hagan
lo que tengan que hacer.

-¿Qué es lo que Dios
debe permitir que hagan los peces, hermano? –preguntó Fray Mosquito ignorante
de cuantas virtudes tiene la naturaleza para ponerse a bien con Dios-

-Dios quiere –dijo
Fray Lubino respirando profundamente, alargando sus palabras y mirando al cielo
como si se una súplica se tratase- Dios quiere… que las truchas nos alimenten a
cambio de nuestros cuidados. No vamos a pescarlas, nos vamos a dedicar a
criarlas. Como hacen los campesinos con sus animales. Como hacemos nosotros con
nuestras gallinas, como…

-Fray Lubino, hermano
–interrumpió Fray Puñetas- sabe bien que es usted inspiración para nosotros.
Sabe bien que nos ilustra con sus conocimientos y sabe usted que lo bendecimos
por ello. Que Dios bien provee a quien lo merece y permite a los necesitados
que su voluntad llegue de formas diversas. ¡Alabado sea el señor! Pero,
hermano, ¿ha visto el tamaño de los huevos de las gallinas? Creo que sabe bien
como son los jatos al nacer y no pongo en duda que en más de una que otra
ocasión ha ayudado a traer a este mundo a alguna que otra alma mal avenida.
Pero, hermano ¿Cómo diferenciaremos a los truchos de las truchas? ¿Cómo nos
haremos con esos huevecillos milagrosamente bendecidos por Dios para que sean
truchas de futuro? ¿Qué les vamos a dar de comer si no tenemos ni para
nosotros? ¿Cómo vamos a hacer que crezcan hasta que llegue el momento de
bendecir nuestra mesa y la de nuestros necesitados? ¿Cómo…?

-Hermanos –dijo Fray
Lubino un tanto aturdido por tantas preguntas- esto no es más que el comienzo
de algo grande. Dios quiere que utilicemos nuestros recursos y conocimientos
naturales para hacer este milagro posible. Hermanos, esto ya se ha hecho antes,
y se ha hecho con éxito, en la Tierra con los vegetales y verduras, con el
grano, con los árboles y sus frutos. Ya se ha hecho con nuestras vacas y
guarros, con las ovejas y las gallinas y con cuantos otros seres que ni
imaginamos que Dios ha puesto sobre la faz de la Tierra. Los peces, hermanos,
los peces es lo que hoy Dios nos encomienda que criemos para salvar del hambre
y de la privación a esta pobre gente.

-Hágase la voluntad de
Dios –dijeron los tres hermanos al tiempo alzando sus manos y brazo como en
acto de constricción y devoción-

-Hágase –dijo Fray
Mosquito- pero mejor si nos comemos una de esas truchas para tener fuerzas para
mover esas tierras. Que este cuerpo mortal nuestro nos tiene condenados al
sufrimiento del hambre. Digo yo.

-Sea –dijo Fray
Lubino- pero la compartiremos con nuestros pobres necesitados.

-¡Una trucha para
sesenta! –Interpeló Fray Mosquito que dándose cuenta de la soberbia desplegada
en su exclamación hizo acto de constricción- Alabado sea el Señor por hacernos
merecedores de este afortunado privilegio. ¿Empezamos?




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