Crónicas mundanas del COVID-19 (D12)

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Llamadme raro pero a mí por las noches me gusta dormir y hoy, por primera vez desde el inicio del confinamiento, me ha costado mucho. Yo no sé no dormir. Lo llevo mal. El sol sigue jugando al escondite, va ganando la lluvia y el frío.

Día 12 de semi-confinamiento Covid-19

A Edgar se le fue ayer su yaya Lola. No ha sido una consecuencia directa de esta plaga que se ha aliado con la Parca y que desplega su velo negro sobre los mayores. La yaya Lola estaba muy malita y ha sido cruel que coincida su marcha con lo que nos pasa estos días. Es una crueldad que no deje de ser un número en esta espiral creciente de pérdidas prematuras, aunque algunas de ellas, como en este caso, no lo sean del todo.

Es lo que tiene la muerte. Cuando se desparrama de forma masiva, repentina y sin control nos aturde y nos deja como pollo sin cabeza.

No podemos mirar a otro lado porque está allí dónde miremos. No podemos evitarla porque cada día llama a nuestra puerta mostrándonos una cifra obscena. No podemos odiarla porque a los que se lleva los queremos y no dejamos que nos embargue otro sentimiento que no sea este último.

A Edgar le envié ayer un mensaje de voz dándole mi pésame y le regalé una frase de consuelo. Hoy le he dado en pésame en persona «virtual». Un abrazo Edgar, hoy tu yaya es algo más que un número.

Nuestro Yayo sigue bien, lúcido, tranquilo y oteando a través de la vidriera del balcón en la habitación en la que tiene su puesto de mando. Dice que no se ve nadie. Y cuando alguno aparece se fija mucho en si lleva «bozal».

Nos ha pedido vituallas. Aquí su lista, que tal vez sea la de muchos yayos y yayas en estos días: judías verdes, tomates, un pimiento, una bolsa de naranjas, yogures, fresas, espinacas, dos botellas de leche y tres barras de pan. La leche entera «nada de porquerías de esas…».

Le queda vino pero estamos pendientes de que no le falte. ¡A las penas, puñalá!

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