El umwelt del lenguado

umwelt
Ilustración: Jordi Bertomeu

Son apenas las ocho de la mañana y Esteban ya está trabajando. Su comportamiento es extraño, así que me acerco sigilosamente, que es la mejor manera de enterarte de las cosas sin alentar, y lo encuentro con una máscara de buzo en su cara. Está acomodándose el tubo de respiración. Me mira, aunque creo que no me ve. Se acerca a la pared del tanque, coloca una escalera de mano plegable, que no sé de dónde ha sacado, justo al lado y se sube.

Oigo una respiración profunda salir del tubo. Mueve el cuello y acerca la cabeza a la superficie del agua del tanque, en el que se ven nadar cientos de miles de alevines ligeramente anaranjados. Sumerge su cabeza muy tranquilamente.

Procuro no molestarle, ya que seguramente formará parte de alguna de sus elucubraciones, así que me marcho con el mismo sigilo con el que me aproximé. Giro levemente mi cabeza para volver a observar la extraña escena mientras me encamino a la salida y lo veo inmóvil, subido a la escalera de mano, inestable, aunque de apariencia segura, está apoyado en el borde del tanque y sigue con la cabeza hundida en el agua. Respira suave y pausado, creo que se ha transportado al mundo de los peces.

Ha pasado algo más de una hora y me entra una cierta preocupación. Suele ser muy puntual, exquisitamente puntual a la reunión de las nueve. La tenemos todos los días para repasar las previsiones y, caso que sea necesario, adaptarlas con tiempo suficiente o buscar alternativas. Miro su mesa y veo la carpeta.

Compartimos espacio. Es una forma de estar cerca del día a día y no dejarse llevar fácilmente por asuntos maniqueos. La preocupación aumenta, así que salgo del despacho y me dirijo, esta vez sin atisbo de sigilo, al lugar donde lo dejé. Miro el reloj y me sorprendo al ver que ha pasado, en realidad, hora y media.

Sigue exactamente en la misma postura y con la cabeza abismada. Me ha escuchado, así que con la misma delicadeza que usó para adentrarse en las profundidades superficiales del tanque, saca la cabeza de su cuna amniótica. Tranquilamente se quita la máscara y observo una cara congestionada y unos pequeños ojos verdosos fuertemente enrojecidos. Curioso contraste que casi asusta. Su compostura general es de serenidad y refleja honda satisfacción.

Si no fuera porque sé qué es lo que ha estado haciendo yo diría que acaba de regresar de un viaje astral. Con una voz ligeramente acuosa me dice que viene de visitar el umwelt de los peces.

Observa extrañado mi extrañeza, que es del todo cierta y que se manifiesta agudizada por la insólita estampa que tengo frente a mí y, viendo que no he entendido nada, me dice que lo que estaba intentando era percibir su mundo sensorial, el de los peces, y que no era posible hacerlo de otra forma que no fuera esa, compartiendo su espacio y su elemento.

Me dice que lleva un par de días observando que los peces no están bien. Que no se comportan como de costumbre, que no comen lo que deberían, que rehúyen su presencia cuando lo normal es que lo celebren efusivamente cada vez que perciben su figura. Cree que no están contentos. Me dice, muy seriamente, que lo ha visto en la expresión de sus ojos.

Por cómo me mira debe estar observando mi expresión. Los ojos abiertos como platos, sin pestañear, ávidos de expectación. Ves, como los tuyos, me dice.

Es evidente que aparte de la carencia de párpados los ojos de los peces se parecen mucho a los nuestros. Dispones de músculos similares y creo que, en cierta forma, responden a estímulos como los humanos, pero de ahí a… que sean como los míos.

Están llorando, me dice.

No puedo abrir más los ojos porque se me escaparían de las cuencas. Noto como el ligamento suspensorio del globo ocular ya ha llegado a su máximo y presiento un esguince, o lo que sea que es en los ojos, pero me duelen.

¿Cómo que lloran? Pero si están en el agua ¿Qué tonterías dices? No puedo reprimirme y le reprimo, estúpidamente, el comportamiento que creo es desmesurado y con un punto por encima de la norma en cuanto a los grados de alcohol que por su sangre deben circular. No puede ser, no bebe.

Me responde que no es literal, que ya sabe que los peces carecen de lacrimales, porque no los necesitan que por algo el agua hace ese efecto, pero que sí que nota que la expresión es esa, la de la cara que te queda después de haber estado un rato llorando, y que es esa que se transforma por la pena. No es consecuencia del lloro por alegría, o por un berrinche o por pelar cebolla. Es cara de pena. Dice muy seriamente, como compungido.

El aprecio y el respeto que le tengo, como profesional y amigo, supera mi estupefacción, así que hago un enorme esfuerzo por imaginar que experiencia mental acaba de tener mi amigo (dejo que sea esta la principal afectación la que se imponga en este momento) pero no soy capaz, no llego, por mucho que me esfuerce a imaginarla. Es que no forma parte de mi universo conocido. Le pido que me explique, por favor y modero mi lenguaje y actitud, así como mi conmoción.

Están así, empieza a explicar serio, porque están acabando su infancia y en un par de días ya serán adultos, y eso no les gusta nada. Les pone tristes. Creen que ya no los mimaremos de la misma forma y que dejarán de ser lo que son.

Alzo mis pestañas, más no puedo, arqueo la frente, me choca con la barbilla, y le invito a continuar. Me muerdo el labio sin llegar a sangrar, aunque noto que la presión aumenta considerablemente. No me salen las palabras. Lo miro con cara de auxilio.

Les pasa siempre a los lenguados, continua si perder la calma. Yo, ya lo intuía, sólo que hasta ahora no lo he visto claro. Por eso que he decidido zambullirme y pasar con ellos un rato en su mundo.

Creía que no pero sí, todavía puedo alzar algo más las pestañas, que acaban dando la vuelta a mi frente completamente, las tengo en la nuca. Arqueo las cejas, me las disloco, me tiemblan los labios descompasadamente y, esta vez sí, me salen las palabras. No como yo querría.

¿Qué coño les pasa a los lenguados? Si son larvas que están acabando la metamorfosis. ¿Qué coño te pasa a ti? Te veo transformado.

Respira profundamente y me mira con esa mirada que ya conozco de años. ¡Tan estudiado y tan estúpido! Lo dice siempre que me pongo cabezón y no entro en razón. Pero sé por experiencia que cuando esa mirada aparece, es que algo transcendente va a suceder y sé que es el momento de callar y atender. Estoy convencido que va a producirse uno de esos momentos catárticos que anteceden a la demostración del saber natural que tienen determinadas personas.

¡Tú lo has dicho! Dice casi gritando, pero sin perder la compostura. Es que no te das cuenta de lo indigno que es para ellos pasar a tener los ojos en el mismo lado. Su naturaleza los condena a una vida rastrera, de fondo, de apelmazamiento, dejarán de sentir el espacio tridimensional que les confiera la visión fruto de disponer de un ojo a cada lado, pierden su bilateralidad. Se sienten perdidos. No saben si van a ser capaces de vivir en ese nuevo entorno, o cómo van a encontrar el alimento, o qué pasará si se equivocan al migrar de ojo. ¡Tenemos que hacer algo!

Silencio. Pasan un par de segundos, contamos unos cuantos ángeles, imaginarios claro. Pongámosles gafas, digo cortando el aire en tono jocoso, al tiempo que pienso que hoy no es el día de las grandes enseñanzas. Que me tiene mal acostumbrado, o que tal vez yo me he acostumbrado malamente. Probablemente sea consecuencia de su afición a ciertas sustancias estupefacientes, así es como compensa su abstención de alta graduación, verdosas y enrollables que, de tanto en tanto, consume como parte de sus viajes.

¡Claro! Eso es, exclama eufórico. Si les ayudamos a ver mejor se darán cuenta de lo infundada de su angustiosa situación transitoria. Tenemos que conseguir que se adapten a su nuevo umwelt. La solución está en la transparencia del agua. Hay que mejorarla. Y darles más superficie. Y venir a verlos más a menudo. Y ponerles un alimentador accionable para que se entretengan. Y ponerles una luz más tenue. Y ya me meteré un rato con ellos en el tanque. Y…

… Y les ponemos un espejo para que se vean, digo yo. Asumiendo que sí, que efectivamente la dosis terapéutica prescrita por su colega jorobado, ese que se dedica a comerciar de forma ilegal o con mercancías o productos prohibidos por la ley, ha sido ajustada a ojo.

¡Claro, claro! La técnica del espejo, cómo no se me había ocurrido, dice con cara de sorpresa real y no por efecto del trastorno cerebral duradero que creo ya empieza a manifestarse, aunque pensase que no se produciría tan pronto. Ves, de algo te sirve leer tanto, continua. La propiedad reflectante de las aguas calmas, ¡qué gran idea! Así lo verán todo.

No tengo ninguna duda de que las capacidades visuales de los peces exceden con mucho a las nuestras. Sabemos que ven los colores de una forma mucho más vívida. Hemos visto que tienen conos y bastones y hasta un cuarto tipo de células diferentes a las que poseemos los vertebrados superiores con visión binocular y diurna. Que no hay duda de que abarcan longitudes de onda inimaginables, como el ultravioleta. Y hemos podido determinar que nos reconocen.

Esteban sabe qué es lo que les pasa a los lenguados en el momento final de la metamorfosis, sabe que su mundo sensorial cambia. Esteban sabe que debe estar ahí, pendiente y atento, para que en el momento en el que los vea llorar empiece con su protocolo de umwelt adaptado. Esteban sabe que son felices, porque se lo dicen mediante una activación sincronizada de sus leucóforos.

El ilustrador

Jordi Bertomeu es un artista polifacético como demuestra la inquietud y la curiosidad que irradia de su blog «98 Forms of Art«, donde conjuga crítica literaria con consejos de escritura y nos ilumina con sus ilustraciones. Nos merecíamos un personaje de tal magnitud.

1 comentario en “El umwelt del lenguado

  1. Seguimos aprendiendo. Gracias! Hoy también he visto, en un programa, que las abejas ven el ultravioleta y que las rapaces ven cuatro veces mejor que nosotros. Somos los reyes? Otros ni lo ojos necesitan y alguno de nosotros, aún teniendo ojos, no vemos nada.

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